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Ariel Ávila, el encantador de caballos

Ariel Ávila, el encantador de caballos

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Ariel Ávila, el encantador de caballos

Perfiles

1 marzo, 2007

GONZÁLEZ, Dixon

Ni siquiera el caballo más brioso puede resistirse a la magia de Ariel Ávila, un maraucho residenciado en Miami que ha hecho sentir su presencia en esa ciudad, al convertirse en el mejor domador de caballos de todo el sur de La Florida. Para este vaquero los caballos siempre fueron parte de su vida. Su padre y su tío tenían haciendas donde pudo comprobar sus habilidades como jinete. Estudió Ciencias Agropecuarias en el Colegio Universitario de Maracaibo y se matriculó en La Universidad del Zulia para convertirse en agrónomo. Aunque no pudo terminar la carrera por su decisión de mudarse a Miami, Ariel representó a su casa de estudios en varias competencias nacionales de toros coleados. Encima de su caballo conquistó el triunfo y definió lo que sería el resto de su vida. Hoy, podemos encontrarlo en el Circle S Farm de Miami, donde sorprende a todos con la magia que lo conecta a los caballos como si habalra su mismo lenguaje: “El Circle S Farm es el mayor criador de caballos de la zona. Apenas llegué fui a visitarlos con la esperanza de poder trabajar allí, pero debo confesar que ni siquiera yo mismo estaba seguro de que podría servir para esto. Me gustaban los caballos y siempre me había sentido en sintonía con ellos, pero hasta yo me sorprendo al ver lo que puedo lograr con mi trabajo. A los diez días de llegar a los Estados Unidos ya me habían contratado”. La química entre Ariel y los caballos es una energía que no se puede discutir: “La gente me pide que le enseñe a domar caballos, pero yo les digo que no puedo; simplemente los caballos se relajan a mi alrededor”. Es un hombre querido y respetado en su trabajo y feliz por ganarse la vida haciendo lo que más le gusta en el mundo: domar caballos, sean purasangre, de rodeo, de salto o de competencia: “Los caballos me han enseñado a querer, a tener disciplina, a ser ordenado y muy resposable. El hecho de sean animales no significa que no merezcan ser tratados con respeto. Esa es la mayor responsabilidad”. Ariel Ávila nunca está más feliz que cuando monta su propio caballo, llamado Gran Mariscal, un ejemplar que recibió como regalo porque lo creían indomable y al que él, por supuesto, puso a comer de su mano. Mientras lo alimenta y consiente cariñosamente recuerda a la ciudad que lo vio nacer: “Soy maracucho y nunca dejaré de serlo. Uno no puede dejar a trás su raíces”. C.W.