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Diego Rísquez, desempolvando historias

Diego Rísquez, desempolvando historias

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Diego Rísquez, desempolvando historias

Perfiles

1 octubre, 2011

DONDYK+RIGA

Cuando Diego Rísquez habla de su juventud, se describe como “un muchacho descarriado”, tanto así, que se paseó entre las carreras de derecho, sociología y comunicación social sin que ninguna terminara de satisfacerle. Estudiando esta última, un profesor le ofreció hacer de Hamlet en una adaptación satírica, y aunque su total falta de experiencia hizo que se negara al principio, decidió tomar el riesgo, sintiéndose tan a gusto que empezó clases de actuación, trabajó en teatro y consideró dedicarse definitivamente a esta profesión. El primer contacto con el cine lo tuvo contribuyendo con el guión y protagonizando la cinta Siete Notas, dirigida por su compañero universitario Carlos Oteyza, antes de marcharse a Europa donde vivió entre Francia e Italia, actuando en el Teatro N de París, realizando talleres con el director Robert Wilson y colaborando como fotógrafo para Jack Smith, pionero del cine underground norteamericano. “Siempre habrán maestros que te podrán enseñar, pero me dio como una nostalgia del trópico, nuestra tierra y nuestro calor y decidí volver a Venezuela”; probando entonces con la dirección de cine. Tras algunos problemas para conseguir financiamiento, se dio cuenta que sus planes eran “muy de vanguardia para el momento”, por lo que se dedicó durante algunos años a experimentar mezclando las artes plásticas, la fotografía, el performance y el cine en formato Súper 8, especializándose en este último y dirigiendo obras como A propósito de Simón Bolívar o Poema para ser leído bajo el agua, aparte del principio de lo que hoy llama “la trilogía”, sus tres primeros largometrajes: Bolívar, Sinfonía Tropikal, Orinoko, Nuevo Mundo, ahora con film de 35mm y Amérika, Terra Incógnita cuatro años más tarde. Cada uno de estos fue expuesto en diversos escenarios y festivales internacionales, entre ellos el Festival de Cannes, favoreciendo así su exhibición en salas venezolanas y convirtiendo a Diego en un nombre familiar en el país. Él disfruta de rescatar personajes olvidados en la historia, lo demostró con su trilogía y con varias de sus películas siguientes como Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador, Francisco de Miranda o Reverón, mas señala que lo suyo no se trata de enseñar, sino “aproximarse a un personaje y darlo a conocer al público”, utilizando siempre un particular lenguaje y reflejando un poco de sí mismo en cada película. Cuenta que cuando pequeño su padre no le obligó a hacer dinero sino algo por el país, una responsabilidad que aunque le agradaba no sabía como enfrentar, hasta que descubrió la manera de contar su historia y honrarle a través del cine, lo cual tras cuatro décadas de trabajo continúa logrando exitosamente. M.P.