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Hermana Ines Casado, el cielo ganado

Hermana Ines Casado, el cielo ganado

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Hermana Ines Casado, el cielo ganado

Perfiles

1 octubre, 2010
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DONDYK+RIGA

Una congregación con doscientos años de historia, creada en 1804 del esfuerzo del padre Juan Bonal y la hermana María Rafols por ayudar a los enfermos en Zaragoza, España. Ni guerras ni epidemias y dictaduras fueron más fuertes que su fe. Seguras en esperanza y constantes en labor, las Hermanas de la Caridad de Santa Ana están presentes en treinta países de los cinco continentes, y en Venezuela no hay embajadora más querida que su Hermana Inés Casado. Cariñosa en trato, transmite paz en su pausado hablar. En ocasiones invita a adivinar su edad, sabiendo que su buen estado físico siempre engañará cualquier intento. Pese a una infancia tranquila en los verdes campos de su natal Segovia, vivió de cerca la guerra y sus penas: “Aprendí la soledad y del que nadie se acuerde de ti, por eso quise cuidar enfermos. A los once años me escapaba de la casa para caminar cuatro kilómetros hasta el hospital, allí daba de comer a los enfermos y hacía otras tareas que me encargaban las Hermanas”. Con veintidós años, en contra de la voluntad de su familia y con un título en Enfermería aceptó sin inconvenientes mudarse a un país del que sólo sabía su nombre: Venezuela. Fue de las primeras Hermanas que llegó en avión en 1950, a diferencia de sus antecesoras que, un siglo atrás, arribaron en barco para atender a los leprosos de la Isla de Providencia. “En la maleta lo único que traía era el hábito. Me costó dejar a mi familia pero sentí que era mi deber ayudar. Dejé el título de enfermera en España, pero no los conocimientos”. En sus años en el país que adoptó como propio, trabajó en centros médicos y hasta en una misión que por cinco años cuidó a los indígenas de Tukuko, Sierra de Perijá: “De esa experiencia me quedaron muchísimas cosas como la lección de que ellos son personas como todos nosotros y que estaban muy abandonados, pese a que los misionarios ya habían logrado entrar a la selva. A lo único que le tenía fobia era a las culebras, de resto no me importaba no tener comodidades”. Hoy en día vive en Maracaibo y pasa su tiempo cuidando a sus Hermanas en la Villa Zaragoza, renuente a la jubilación: “Mi vida ha sido muy bonita. Creo firmemente que mi vocación la he realizado al cien por ciento, de noche y de día, cada vez que me necesitaban y lo he hecho con toda clase de personas. Cuidar enfermos es para mi lo más grande y bonito que hay. He tenido mucho tiempo de vida, pero bien gastado. Todo lo he hecho calladita y con el único reconocimiento de Dios”. A.B.