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Naufragué en el Mar Caribe

Naufragué en el Mar Caribe

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Naufragué en el Mar Caribe

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Este cuento de piloto. Tan fantástico como aquellos que relatan cazadores y pescadores mientras abren los brazos para decir: "así de grande" y tan interesante como para editar un libro, lo cual hice al poco tiempo. A veces la vida es más fantástica que la fantasía y la propia imaginación, por algo dicen que la realidad supera ficción. Es el relato que deseaba contarle a mis nietos y ese anhelo fue el que me ayudó a sobrevivir.

15 diciembre, 2009
Cortesía Real Marina Holandesa

Cortesía Real Marina Holandesa

Era mediados del 2001. El reloj marcaba las seis y media de la mañana y mi pequeño avión estaba listo para despegar del aeropuerto de Maracaibo. A los pocos segundos de haber empujado a fondo el acelerador, ligeramente halé el bastón y la suavidad con la que nos deslizamos sobre el aire era indescriptible. Terminando de subir el tren de aterrizaje, ya se escuchaba por mis audífonos del intercom las coordenadas de mi copiloto, David, un joven ingeniero de veintisiete años pero con una experiencia envidiable en aviación. Sentado a mi derecha, atendía la radio con esmero mientras trataba de conseguir señal en su pequeño GPS portátil. Al terminar de ajustar la potencia de crucero, despegué la mirada del tablero para disfrutar una de las tantas vistas que me regaló este hobby de volar: un amanecer con una extraordinaria aurora de rojo corralito y un medio disco de sol, rojo brillante, que al los pocos segundos se volvió tan intenso que no se podía mirar, era nuestro horizonte. “Mira que belleza de amanecer”, comenté. “Si, es verdad”, asintió mi copiloto sin dejar de mirar el pequeño GPS.

Nuestro rumbo era un capricho. Había llegado el momento de cambiar el segundo motor de mi avión y quise darme el gusto de mi vida: instalar un motor Victor Black Edition Two. El plan era llevar el avión a los talleres de Victor Aviation en Estados Unidos. Mi trabajo como contratista petrolero siempre ha estado relacionado con la mecánica, un complemento perfecto para mi pasión: la aviación. Me convertí en piloto hace tres décadas en una escuela del interior del país y ahora cuento con más de tres mil horas en la bitácora. De ellas, dos mil fueron al mando de este BE36 Bonaza, diecinueve años en mi poder

“David, mira cómo el indicador de combustible va subiendo”, comenté señalado el instrumento con mi dedo índice. Extrañado, confirmó cómo el indicador de gasolina subía en el vuelo cuando generalmente baja.”¿Por qué el indicador de temperatura de aceite marca tan bajo?” Ese indicador a veces baja hasta cero, pero basta con resetear el master para volver a su posición normal, le expliqué. El reloj de vuelo ya marcaba una hora y diecisiete minutos y David hablaba con el APP de Curaçao. Al terminar de hablar, le comenté nuevamente que el tanque de combustible aparecía lleno otra vez, pero no me contestó. Escaneando el tablero con su mirada preguntó: “¿este indicador por qué está en cero?. Justo cuando iba a buscar una explicación me interrumpió con malas noticias: “¡esta es la presión de aceite!”. Con mi expresión de asombro miré afuera en busca de algo anormal, pero estaba todo limpio.

Cero vibración, volar más suave no se podía. Las temperaturas estaban correctas y el motor fino. Deber ser sin duda una falla de instrumento, fue nuestra conclusión. Corregimos el rumbo y pasaron un par de minutos en un silencio aburrido pero incierto. Recordé que la noche antes le había prometido a mi nieto que le contaría una verdadera aventura sin fantasías. Me di vuelta hacia atrás y vi la mágica e inmutable sonrisa de mi copiloto oficial, el único que al igual que mi avión ha pasado las dos mil trescientas horas de vuelo conmigo: un Snoopy de peluche vestido de Barón Rojo, un regalo de mis hijas que siempre me había acompañado en las buenas y en las malas. Allí estaba tan tranquilo como siempre.

Emergencia

En un instante, una fuerte vibración del motor rompió el silencio. “¿Qué es esto?”, preguntó David mientras tiró su mano izquierda hacia los controles del motor: “es una emergencia”, respondí. Rápidamente dominé los controles mientras él avisaba por radio: “¡Emergencia! YV-1450P ¡Estamos en emergencia!”. ¿Qué tipo de emergencia?, preguntaron todavía en español: “la bomba de aceite dejó de funcionar hace varios minutos, tenemos vibración en el motor y ya se va a apagar”. En medio de un viraje suave a la derecha, ¡rumbo a Aruba!, recomendó mi copiloto. Logré controlar las vibraciones pero comenzó a entrar humo en la cabina. Recordé las instrucciones sobre qué hacer en estos casos: cerrar el combustible para que se apagara el motor; pero el egoísmo era muy grande, ver la hélice aún dar vuelta me inspiraba esperanzas. Me tranquilicé por el olor del humo, no era de combustión sino de aceite caliente. Ya estaba bastante nublada la cabina cuando abrí la ventanilla lateral. Enseguida desapareció el humo pero no dejé de estar preocupado. “Busque un barco”, me repetía incesante David pero no se veía ninguno por todo aquello.

Me di cuenta que mi copiloto ya estaba hablando en inglés; un avión de la United Airlines atendió nuestra llamada e hizo puente de nuevo con Curaçao. Siete mil pies, reduje la velocidad y un instante más tarde el motor se apagó. “¡Dios mío!” dije para mis adentros: “le prometí a los nietos que les contaría una aventura verdadera, ahora dame la oportunidad de contárselas yo mismo”. Pasaron los minutos y David habló por radio, esta vez su voz era triste, como un niño regañado: estamos sin motor.

“David, los chalecos”. Sacó uno detrás de mi espaldar y desplegándolo me lo pasó. “Tú primero”, le dije. El avión con el motor apagado volaba suave y sereno. Mi Bonanza era mejor que cualquier planeador, pensé, hasta que caí en cuenta de que estaba disfrutando de ese “espléndido” vuelo sin motor y con un Mar Caribe a escasos pies. Preparándonos para lo que vendría, mi copiloto cruzó el antebrazo derecho sobre su frente, agarró la viga del bastón de mando y se inclinó hacia delante probando la posición de colisión para luego regresar a hablar por la radio. Empujé el asiento totalmente hacia atrás y probé también una posición con el tronco firme y los pies sobre los pedales.

Acercándonos a los mil pies no veíamos ni un solo barco. Lo que sí se apreciaba era la magnitud de las inmensas olas. Estábamos en la línea perfecta para un amerizaje, según las indicaciones de los manuales procedimiento. Nunca había considerado seriamente que algún día tendría que poner en practica lo leído en esa parte del manual de Aviación Aplicada. Aunque mucho de lo aprendido en la escuela lo he puesto en práctica, como lo de mantener la calma, esta vez estaba frente a la máxima de las emergencias: sin motor y en alta mar.

“Estamos a mil pies, David, deje la radio. Ya tenemos otras cosas que hacer”. Se despidió pidiendo que nos buscaran, dejó caer el  GPS entre sus piernas, tiró los audífonos y estirándose hacia delante barrió con su mirada todo el horizonte negando con la cabeza. Mientras más bajábamos más imponente se veía el mar. Con voz serena le pregunté: “¿conoces el procedimiento para salir del avión?” No escuché respuesta. Se quitó los zapatos y abrió la puerta. Dada la baja velocidad del avión logró abrirla unos treinta centímetros y calzó uno de los zapatos en la parte baja, cerca de la bisagra. Pensé, este no es el procedimiento pero puerta abierta. Llegando a los trescientos pies ya se veían las olas muy altas. El mar parecía más importante, azul oscuro intenso y mucha espuma. Sin haber cambiado el ángulo de planeo, me vi con el avión como dentro de un callejón amplio sin salida, una pared de agua oscura estaba frente a nosotros. Halé del mando para superar el obstáculo y apenas la rebasamos, nos encontramos sobrevolando una superficie de agua plana.

Colisión 

Estábamos a punto de toque. En cualquier momento sentiríamos el jalón de la cola tocando el agua. El avión seguía bajando y el agua también. Tuve que empujar el mando para mantener una buena velocidad, hasta que el agua dejó de bajar y una enorme ola se nos presentó. Halé suavemente el mando y mirando hacia arriba no pude ver el cielo. Una inmensa ola me tapaba la vista.

“¡Yaaaaa!” grité a todos pulmón mientras halaba todo el mando hacia mí. Sólo alcancé a ver a David poner su antebrazo derecho sobre su frente, tal y como lo había practicado minutos antes. Unos instantes de confusión, sentí agua sobre mi rostro y un golpe duro, sin anestesia sobre mi nariz. Pude sentir el golpe sobre mi hueso nasal como si alguien me estuviera operando al estilo tibetano. Habíamos chocado con esa enorme ola y pensé: así no se hace un amerizaje. Sacudí bruscamente la cabeza como harían los perros para escurrirse el agua. Miré a mi derecha, David ya se estaba liberando del cinturón. Ya con el agua a la altura del ombligo, vi a mi copiloto saliendo y pisando el ala del avión. Me engañaron, dije, se supone que el avión debía flotar y estaba en una picada de cuarenta y cinco grados.

“¿David, tienes el bote?” ¡No, pásalo! Miré hacia dentro y allá estaba el maletín amarillo flotando al alcance de mis manos. Salí del avión deslizándome entre el agua sin tener que saltar. Miré hacia arriba y allá estaba: la cola de mi avión como las colas de las ballenas al sumergirse en las fotos de National Geographic. Sin inflar el chaleco, vestido y con los zapatos puestos, no lograba coordinar. Vino una ola y lo arregló todo. Me acordé de algo en el avión y me di vuelta para regresar, pero ya no había nada. Habían transcurrido cuarenta y cinco segundos desde el choque con la ola. Busqué alrededor desorientado y observé a David con una inmensa torta amarilla, era el bote inflado. Automáticamente nos colocamos en posición opuesta, con las piernas estiradas lateralmente. El bote era tan endeble como una pluma al viento.

“David, vamos a tratar de secarnos porque si nos agarra la noche no aguantaremos el frío”. Tras varios minutos sin hablar me di cuenta de que su rostro estaba lleno de sangre. Pedí que se la lavara pero se negó, explicándome que si lo hacia dejaría de coagular la herida. La herida está en la cabeza, insistí, lávate la cara, es muy deprimente verte así. “Es que tu no te ves y no sabes qué aspecto tienes”, me replicó. Era verdad, yo también estaba sangrando en la cara. “¿Donde está la herida?” pregunté tocándome con una mano en la frente; mi espejo contestó: “sobre la nariz y es bastante”. Me toqué la nariz y me di cuenta que tenía una tapa caída hacia abajo. La subí, respiré con la nariz y funcionó. Me la tapé agarrándome con el índice y pulgar, y soplé. Fue una prueba de fuga, todo en orden.

Comenté sobre mi debilidad por el mareo. Habían transcurrido alrededor de veinte minutos cuando me dieron los primeros ataques de vómito. Entre un gemido y otro, comenté que no deberíamos vomitar ni orinar para no deshidratarnos. No tenemos nada para tomar y esto va a ser largo. Percibimos el resonar de reactores en la lejanía cuando David advirtió: Mira, dos F-16. Nos están buscando”. “Esos no nos van a ver”, le dije con tono desalentador.

Volteándome sobre mi hombro derecho vi su expresión como si me preguntara: ¡Bueno, pero tú eres amigo mío o del tigre!. Sonriéndole le expliqué que a esa altura no nos podían ver, además estamos en la sombra de una nube y la balsa no refleja el color. Las olas eran muy grandes, las sacudidas muy fuertes y el cielo se puso oscuro. Va a llover, lo que faltaba. Con uno de mis zapatos recogía el agua que caía dentro del bote. Horas después avistamos un pequeño avión al Este. Mi compañero se agitaba mucho volteando el chaleco al aire: “No te molestes le repetía, desde allá no nos van a ver; Tranquilo, que los maracuchos nos vienen a buscar”.

Al salir el sol me alegré. Ahora sí nos van a ver porque con luz resalta el color del bote. Ya no estaba tan preocupado como cuando tenía frío. En las películas, cuando un herido dice tener frío al rato se muere porque está desangrado. Así que por mi cabeza paseaban las dudas de si estaría sangrando por dentro al sentir dolores en el pecho. Pero al sentir el calor del sol el pesimismo se alejó.

De nuevo aviones a la vista, pero sin éxito. Me di vuelta con el pecho sobre la orilla de la balsa, me relajé y entré en plegaria: Dios mío, ese pobre muchacho con veintisiete años metido en esto”. A las doce y veinte del mediodía otro avión, nos están buscando pero todavía están muy lejos. Veinte minutos más tarde, de nuevo el mismo avión a escasos doscientos metros pasó sin hacer el mínimo movimiento de alas pero prendió las luces. “Ya nos vieron”, grité. El Orion volvió a pasar mucho más cerca con las luces encendidas, venia tan bajo que daba miedo. Justamente encima de nosotros soltó dos balizas, una cayó a escasos cinco metros y la otra un poco más allá. No comenté nada para no asustar a David, pero habíamos estado desprendiendo agua con sangre y además él tenía heridas frescas en su cabeza, por lo que una zambullida en esas circunstancias era demasiada tentación para los tiburones que viven en estas aguas.

El rescate 

Mientras mirábamos el avión perderse en el horizonte, vino un barco tanquero. Al poco rato nos sobrevoló un Aerocommander y un Cesna 310. Eran los maracuchos. Pero el barco no se paró y los aviones siguieron de largo. Quedamos de nuevo solos hasta que el sonido del helicóptero nos obligó a mirar al cielo. Siempre he detestado ese sonido pero en este momento sonaba a gloria. Era el Linx de la Real Marina Holandesa. Se acercó lentamente mientras un hombre bajaba de una cuerda de acero dentro del bote, nos miró y preguntó algo en holandés. Los dos levantamos los pulgares en son de OK. El  rescataste sonrío, me colocó un arnés de faja y tras un tirón violento me encontraba suspendido en el aire al estilo James Bond. En mi ambiente, sin mareos.

El rescatista bajó de nuevo, pero esta vez no fue nada fácil entrar en un bote con menos peso y más vulnerable al poder de las olas. Sólo al sexto intento pudieron rescatar a David. Al entrar por la puerta del helicóptero nos abrazamos, reímos y lloramos; sólo nos faltó cantar. En una hora ya estábamos en Aruba. Una multitud de gente nos rodeó, entre ellos médicos, enfermeros, técnicos y curiosos. Dos ambulancias nos estaban esperando. Recibimos atenciones médicas y un gran calor humano, característica de los pobladores de Aruba.

De regreso a Maracaibo, las autoridades del aeropuerto fueron muy comprensivas con nosotros, dos náufragos sin ningún tipo de identificación. La noticia del rescate ya circulaba en los periódicos, así como la fantástica foto del helicóptero conmigo suspendido del cable. Mucha gente nos saludó fraternalmente haciendo preguntas curiosas. En medio de la muchedumbre, David se acercó y con una sonrisa me preguntó: Dime la verdad ¿por qué te devolviste hacia el avión, qué querías buscar? “A mi eterno copiloto”, le respondí: “el Snoopy Barón Rojo. Ese fiel e infalible compañero con su inmutable sonrisa se quedó en el avión. Tal y como lo haría un orgulloso capitán con su barco”. Hasta ese día no podía entender por qué un niño llora cuando pierde a su muñeco. Ahora sí.