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Elvis Rosendo, la humanización de la pintura

Elvis Rosendo, la humanización de la pintura

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Elvis Rosendo, la humanización de la pintura

Perfiles

1 julio, 2007

DONDYK+RIGA

Elvis Rosendo se define como un vil ser común, y a su oficio, como el de “manchar telas”. Su apego a la sencillez no lo aleja de elogiar su trabajo, reconocido por la eterna presencia humana entre negras sombras. Nació en Maracaibo, a donde regresó tras una estadía en Valencia, para definir su vida en la Escuela de Arte Julio Árraga. Él, que ha sido y sigue siendo profesor de fundamentos del diseño, confiesa con el orgullo de un hijo libre de elegir, que fue su padre quien le imprimió la idea de estudiar arte, pues “no hacía otra cosa que dibujar”. Recuerda que en 1983 concibió las primeras obras de carácter serio y satisfactorio; figuras flotantes con manos exageradamente definidas, que le llevan a autodeterminarse un existencialista, preocupado en demasía por el hombre y sus relaciones. Han pasado más de dos décadas, mil salones y un millón de reconocimientos, y Elvis aún se identifica con la figuración nacida de trazos en lápiz y creyón, y coloreada sobre escenarios anónimos. A lo largo de su trayectoria, desde los tiempos de la Escuela, este “grabador prestado al dibujo” ha compartido la cuesta arriba y la gratificación de su carrera con su esposa, también artista, sin más herramientas que el papel, que para él es mágico, y una habilidad etérea por reproducir el entorno a escala de cuadro. El entorno humano, por supuesto, que en la natural evolución de todo artista ahora ocupa superficies de tela, exhibidas indistintamente en Venezuela o en China. “El Negrito”, como se le conoce no por el oscurantismo de su obra sino por una tez maracucha, es un embelesado de la imagen con destreza para el trazo, cuya representación de la psique devela un infinito interés por la materia humana. E.R.