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Marnie Soto, restauradora de la historia

Marnie Soto, restauradora de la historia

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Marnie Soto, restauradora de la historia

Perfiles

1 marzo, 2008

DONDYK+RIGA

Rescatar y devolverle el alma a antiguas edificaciones es el trabajo y la pasión de Marnie Soto, una marabina de cuarenta y dos años a quien su profesión de ingeniera civil especializada en restauración arquitectónica la ha llevado a estudiar sitios históricos de todo el mundo. A ella le toca desempolvar los valores que importantes obras esconden tras el polvo, el deterioro y el paso de los años: “Cuando la gente dice ‘ahí ya no queda nada’ es cuando a un restaurador le toca agarrar el edificio como si fuera un libro e investigar toda su historia.

Comenzamos a armar un rompecabezas donde los valores que antes no veías se hacen evidentes”. Ese estudio necesita de un restaurador con un bajo ego, que no se imponga como creador y que esté dispuesto a entablar una relación casi íntima con su proyecto: “Debemos trabajar con respeto. El mismo edificio te va diciendo hasta dónde puede dar. No es lo mismo proyectar algo nuevo –donde uno es libre como arquitecto–, que intervenir algo que ya existe y que además tiene valores históricos, sociales y hasta científicos”.

El trabajo de Marnie raya hasta en lo diplomático, pues debe procurar que sus intervenciones no hieran sensibilidades y que las alteraciones de las estructuras originales sean mínimas, casi imperceptibles. En Maracaibo, su próximo reto es la Iglesia Santa Bárbara, sin embargo, no es el primero realizado en su tierra natal. El Templo de San Isidro Labrador, una pequeña capilla que estuvo deshabitada por veinte años, es uno de los proyectos al que guarda especial cariño, pues fue recuperada para beneficio de la comunidad.

Para Marnie su título no es el que recibió en La Sapienza de Roma, sino las lecciones que aprendió luego de pasar meses estudiando tantos edificios importantes. Con más respeto y mayor cautela regresó a Venezuela donde Coro, la ciudad patrimonio mundial de Venezuela, la acogió. Mientras Italia le ofrecía más teoría que obras, Coro y La Vela la enamoraron con proyectos en su casco histórico: “Me encanta estar metida en obras, ensuciarme, llenarme de mezclas. Era una oferta que no podía rechazar”.

Los seis meses en la capital falconiana se convirtieron en años, durante los que se casó con un colega y tuvo una hija, quien probablemente también será una futura restauradora. A su corta edad, imita lo que hacía su mamá cuando de pequeña miraba los edificios por la ventana de su carro y comenzaba a jugar con su imaginación, ideándole arreglos a cada uno. – A.B.

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