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Denny’s mi último día en libertad

Denny’s mi último día en libertad

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Denny’s mi último día en libertad

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Recordar lo que me pasó es difícil pero es aún más difícil ver ese instrumento que tanto utilizaron en mi contra sobre la mesa: la grabadora. A esos aparatos les tengo pánico por todo lo que tuve que pasar por culpa de ellos. 36854-012 sustituyó mi nombre por diez años. No sabía hablar inglés, pero con el tiempo aprendí a decir esa combinación de números con fluidez, tal vez de tanto escucharlo cuando se dirigían a mi en la cárcel.

1 diciembre, 2009

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Restaurantes Denny´s hay cientos en Estados Unidos. Y en esta historia hay dos lugares importantes, un centro comercial y ese restaurante en Orlando. Uno es donde finalmente mi esquivo contacto accedió a verme y el segundo donde tuvo lugar mi arresto.

Más que por necesidad fue esnobismo, quizás adolescencia. Tenía veintitrés años y aún asistía a la universidad.Era la época de la discoteca Splash y la gente en Maracaibo se vestia tipo Miami Vice, de trajes de lino y mocasines sin medias. Trabajaba en un concesionario, donde llegaban cualquier tipo de personas. Fue allí donde los conocí. Noté cierto acento de que no eran de aquí, colombianos tal vez. Estaban interesados en un carro y se veía que eran del tipo de personas muy hábiles con el dinero, siempre a la búsqueda de un socio. Desde ese día hasta que me arrestraron pasaron tres meses.

Insistieron en comprar uno de los vehículos y se aparecieron al otro día con el dinero en efectivo. Al cerrar el negocio formamos una intermitente amistad, producto de su interés por comprar algo que les favorecía y por mi interés de vender. Cada vez que venían a Maracaibo me llamaban para salir a discotecas, me brindaban y ya yo veía que había otra cosa por sus facilidades de poder. Como todo joven me deje deslumbrar por todo ese mundo de carros deportivos y lugares de moda. No sé si se le llamará codicia, avaricia o ingenuidad, pero quería surgir rápido y con facilidad.

El típico “sueño americano” que al comienzo enamora pero al madurar te das cuenta que no era lo que querías. En la juventud las cosas se comenten más por ingenuidad que por maldad. Quería saber cuál era el secreto, la fórmula para también estar trabajando como ellos, tan tranquilos, con más dinero y con menos obligaciones. Ese era el camino que veo hoy errado, pero que en aquel momento caí por tentación. Mis padres se esforzaron por darme una buena educación e inculcarme fe religiosa, así que por falta de valores no fue. Esto nació en la calle, ahí es donde hay que tener cuidado.

“¿Tú conoces los Estados Unidos?”, me preguntaron al tomar confianza. Como clase media que era y en época del 4,30, respondí que viajaba para allá al menos una vez al año. Después, en otro momento, me preguntaron si conocía algún piloto. Le dije que sí, alguno por ahí. “Bueno, la verdad es que, mira, nosotros tenemos un dinero allá y, de pronto, si tienes algún amigo interesado que sea piloto y quisiéramos pedirle que lo trajera ¿qué pasaría? No tienes que hacer nada, sólo presentarnos a la persona”. Le respondí que les averiguaría pero de la boca para afuera, ya me incomodaban.

A las semanas volvieron y me plantearon llevar drogas pero me rehusé. Mis principios y mis valores no me lo permitían. Por más que podía lanzarme a una aventura, nunca llegaría hasta esos límites. Ahí viene la gran paradoja, las cosas sorprendentes de la vida. Hay gente que llevó droga diez mil veces y nunca tuvo problemas, y yo que no quise llevar ni un gramo porque me parecía monstruoso me sucedió  algo muchísimo peor. Al ver que ese intento no funcionó me propusieron ir a Orlando, pero sólo para comprobar la existencia de un dinero que les debían. Mi misión era llamar a la persona y acordar una cita para ver el dinero, mas no traerlo. Al principio no me parecía riesgoso, pero con el pasaje comprado comencé a dudar. Al final me vi tan comprometido que tuve que ir, echarme para atrás se vería como inmadurez.

Conspiración

Cuando llegué a Orlando el contacto que debía mostrarme el dinero evitaba verme. Cada vez que lo llamaba me decía que estaba ocupado, pero siempre me respondía el teléfono. Me trataba con agrado, me decía que me llamaba al otro dia pero no lo hacía. Algo que me extrañó era que siempre me hablaba en clave: “que las frutas están buenas”, me decía a lo que siempre le respondía que no entendía. Años después pasé mucho tiempo reeditando en mi memoria cada detalle para llegar a la conclusión de que lo hacía porque me estaba grabando las llamadas.

Estaba renuente hasta que amanecé con irme sin verlo. Accedió a encontrarnos en un centro comercial y se apareció con otros dos más. Su vestuario era de mafioso, con joyas por doquier y de ropa holgada. Me dijeron que me llevarían en carro al sitio donde estaba el dinero y durante todo ese trayecto sentí temor por lo que pudieran hacerme, hasta secuestro sospeché. Llegamos a un galpón lúgubre, oscuro y abandonado. Me bajé asustado del carro, entramos a una oficina, prendieron la luz y me asustó aún más ver que no había nada. Esperaba ver muebles, máquinas, lo que sea, pero no vi nada. Me abrieron la puerta de una oficina y cada vez me veía más adentro. Dos de ellos se quedaron afuera, entre ellos con el que siempre hablaba por teléfono.

Nuevamente desierto, el cuarto solo tenia un escritorio y dos sillas. Me quedé parado esperando lo peor, tal vez disparos. Abrió una gaveta, sacó una bolsa con lo que parecía ser leche o azúcar de lejos y me dice: “aquí está”. Le respondí qué es, y la respuesta fue: “pruébalo”. “Eso no fue lo que yo vine a ver aquí”. Meses después vería esta escena, de alguien ofreciéndome una bolsa con polvo blanco, en una pantalla de televisión durante mi juicio. Jamás imaginé que fueran policías.

No insistió más, me dijo: “no importa, vámonos a cenar”. Me regresé con ellos y estacionaron en un Denny´s. Me sentía nervioso, veía que hablaban por teléfono. Después de cenar, nos despedimos, quedamos en vernos luego y al salir por la puerta: patrullas, helicópteros y cientos de policías del FBI me rodeaban. Cualquier cantidad de policías se me vinieron encima. Hasta los mesoneros de Denny´s eran policías. Todo era un montaje. Ese día había que agarrar a alguien y ese alguien fui yo.

En Estados Unidos existe la Ley de la Conspiración. No hace falta descubrirte con las manos en la masa para arrestarte, sólo basta que tres personas tengan conocimiento de algún hecho punible, que no tiene que haber pasado siquiera. No tenía idea de lo que era una conspiración hasta ese momento. Generalmente, en la conspiración la persona que te acusa es alguien que el gobierno lo ha apresado y para zafarse del delito lo hacen colaborar, que no es más que crear casos para quitarse años de su condena. Entregas diez nombres que estén involucrados en este negocio y a medida que vas entregando te van reduciendo la sentencia. En mi caso, un hombre me vendió. Como a los que estaban en Venezuela nunca los iban a poder apresar, y la persona que estaba en la cárcel necesitaba dar nombres para rebajar su sentencia, no tenía más nada que hacer. Me tocó a mi.

No entendía nada. Me llevaron a un centro de detención, lo que en Maracaibo sería El Marite, a la espera de mi juicio. A los dos días, cuando me presentaron los cargos, menos entendía: conspiración, intento de poseer, intento de introducir e intento de distribuir sustancias ilícitas. Sobre mi pendía una condena de diez años a doce años y medio. Seis meses esperé en ese centro sin ser juzgado. El día de la sentencia, el sonido seco del mazo y la sentencia de culpable más diez años de prisión fue un golpe de realidad. Escuché las palabras y al voltearme vi a mi mamá. Su rostro era de dolor, frustración e incredulidad. Mi familia no tenía ni idea de lo que yo iba a hacer en ese viaje.

En prisión

Llegué a pasar por doce cárceles y en esa constante mudanza llegué a la conclusión de que en Estados Unidos las prisiones crean pueblos. Llegaba esposado a prisiones nuevas y veía cómo primero nada los rodeaba, sólo una carretera improvisada y postes de luz, y al salir de ellas , para ser mudado a otro estado luego de varios años, veía toda una ciudad desarrollada, con edificios, centros comerciales supermercados, farmacias, restaurantes, estaciones de gasolina y hoteles. Quedaba sorprendido porque el tiempo no pasaba en la cárcel pero afuera el mundo seguía con su vida. Llegué a viajar hasta doce horas seguidas en bus durante cada mudanza. Desde las ventanas veía a la civilización y me preguntaba para mis adentros ¿algún día volveré?. La incertidumbre me carcomía.

En la cárcel hay tres reglas que debes respetar si deseas sobrevivir: aléjate de los juegos y los vicios, de los gays, y por sobre todas las cosas del televisor. Las peleas más fuertes que llegué a presenciar fueron por culpa de alguien que se atrevió a cambiar el canal mientras cincuenta hombres veían el juego. Las riñas eran mucho más frecuentes si en prisión se encontraban “gangas”, bandas grandes de méxico-americanos como Los Dieciocho, Los Broder Brothers y Los Salvatruchas, en su mayoría gente sin escrúpulos, tatuados hasta el rostro. No se meten contigo siempre y cuando no te metas con ellos. La mayoría de ellos se encontraban en las prisiones de Texas y Los Ángeles, mientras que en las de Atlanta y Washington los afroamericanos mandaban. Presencié infinidad de redadas multirraciales donde más de un muerto llegué a ver, pero siempre estuve alejado de eso. En seguida entendí que lo único que podía hacer era leer, estudiar y aprender todo lo que pudiera.

Por tantos cambios de prisiones me tocó estar encerrado en calabozos pequeños, donde sólo te sacaban a bañarte tres veces a la semana por diez minutos y la comida te la pasan por una ventanilla. Conocí muchísima gente, hasta gente importante como Manuel Antonio Noriega, presos de la mafia y los carteles, pero cuando uno sale de esos lugar uno quiere olvidar, esperas que te dé algún tipo de amnesia.

En la cárcel tienes fecha de salida pero casi nunca te ibas ese día. A muchos le pasaba pero yo creía que tal vez tendría suerte. En Louisiana cumplí los diez años de cárcel y en la noche me dijeron: “hoy te vas”. Pasé toda la madrugada mirando por la pequeña ventanilla de mi celda esperando al guardia con la lista de los que se iban. Mi número y el sonido de la cerradura abierta era lo que esperaba escuchar cuando lo vi acercarse a mi puerta. Se paró frente a mí, vio la lista pero siguió. No abrió, ni dijo mi nombre. Comencé a gritar desesperado: “estoy aquí, ábreme”. Pero nunca volvió y eso me devastó. Quedé desconcertado mirado la ventanilla por seis horas viendo cómo se iban los demás. Los días ya se sentían como siglos porque sabía que había cumplido mi condena y ya mi estadía no estaba pagando nada.

Finalmente llegó el día. En la madrugada te despiertan como a la una y te sacan a las tres. Me llevaron a la embajada venezolana en Nueva Orleans para tramitar mi pasaporte y aunque estaba esposado en manos y pies me sentía libre. Sin embargo, justo en la salida me devolvieron a la prisión para esperar dos meses más. En todo ese tiempo pensaba en qué diría mi familia al verme, mis amigos, en si podría vivir en Venezuela de nuevo,  en la incertidumbre de si sería rechazado por la sociedad y de si volvería a trabajar.

Al salir de la prisión viajé en un avión especialmente concebido para trasladar presos. Aterrizamos en Miami y me llevaron, siempre esposado, hasta una zona de seguridad para esperar a un avión de American Airlines que me trasladaría hasta Caracas. Esperé en una celda hasta que llegó un oficial con una caja con ropa que mi familia me había enviado. Tenía diez años sin ver ropa diferente a la braga y los zapatos de preso. Mi mamá había comprado un pantalón, zapatos y una camisa. No podía creer la sensación de colocarme la ropa, de subirme el cierre sólo hasta la cintura y no hasta el cuello, de abotonarme la camisa y de hacerme el nudo en los cordones del zapato.

Nuevamente esposado, me llevaron por una zona de seguridad hasta el avión. Me subieron por una escalera alterna, me sentaron en una silla al final del avión y me dieron los papeles. Los dos oficiales puertorriqueños me dijeron: “cuídate y no vuelvas, la vida continúa, echa para delante en tu país”. Me dieron la mano y ahí me quedé sólo, sin las esposas ni nadie alrededor, esperando despegar lo antes posible. Al tiempo comenzó a entrar gente en el avión. Cuando vi que íbamos en el aire, respiré hondo y di gracias a Dios. Pensé que esta película nunca acabaría. Cuando llegué a Caracas y di mis papeles me llevaron a un cuarto a interrogarme. Ya me daba igual, no tenía problemas en mi país. Esperé un día en Caracas y al final me dejaron viajar hasta Maracaibo, donde mi familia me esperaba para decirme: “la vida sigue”.

Pocas personas se han atrevido a preguntarme cómo fue esa experiencia, a algunos sólo se le salen las lágrimas, otros prefieren el silencio. Así como la vida te da lecciones también te recompensa de alguna u otra forma. Hoy cuento mi historia porque no quiero que los demás pasen por esto, ni sientan aquel dolor que sentía cuando veía a un ser querido despedirse de mi en la cárcel. Los años no me permitieron superar el hecho de ver a mi madre visitarme e irse. Siempre me derrumbaba cuando ella se retiraba, me iba directo a la cama. Un día, ella vio cuánto me dolían sus idas y me dijo: “dicen que son muy tristes las despedidas, dile al que te lo dijo que se despida”. Hoy, casado y con hijos, puedo entender todo lo que ella también sufría cuando se despedía de mi: “hijo eres y padre serás”