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Antonio Cafoncelli, el señor del mármol

Antonio Cafoncelli, el señor del mármol

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Antonio Cafoncelli, el señor del mármol

Perfiles

1 Febrero, 2001
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DONDYK+RIGA

Con el duro trabajo del día a día, el señor Antonio Cafoncelli ha levantado un grupo empresarial que hace una joya del mármol; en un lobby de hotel cinco estrellas, en mansiones suntuosas o en apartamentos lujosos, en todos brillan con pulcritud los revestimientos de piedra pulimentada que su fábrica elabora. El Grupo Monumental y la serie de empresas que lo conforman – Marmoca, Instamoca, Catemar, y Gramoca- son su mayor logro, tanto por la calidad de las piezas que comercializa y que hacen a esta industria el líder del ramo en el occidente del país, así como por la unión familiar que aún en las horas de trabajo lo acompaña.

No obstante, este es el colofón de una interesante historia. Cuando a finales de 1972 Carmelo Stella le ofrecer en venta un negocio de marmolería, el señor Cafoncelli queda sorprendido porque toda su vida se había dedicado al oficio de carpintero. Recuerda que Stella le dijo: ” Antonio, si puedes cortar una madera, también puedes hacerlo con el mármol”. Luego de consultarlo sabiamente con su esposa Maria, desconociendo el futuro, decide aceptar el desafío y superarlo con buenos resultados. “Yo era un humilde carpintero”, relata Cafoncelli. Aprendió el oficio de joven, cuando vivía en Italia, cuando este país se encontraba devastado y en ruinas a causa de la Segunda Guerra Mundial. Las duras condiciones sociales, políticas y económicas, de las que no escapó su pueblo de nacimiento, MontecalvoIrpino (Avelino), y que llevó a la desesperación al continente Europeo, lo obligaron a emigrar a tierras extranjeras.

A los dieciochos años de edad partió de un puerto italiano rumbo a Venezuela, donde lo esperaba su tío Salvador. La travesía por el océano duró diecisiete días. Las olas se alejaban de la costa que quedaba atrás, mientras que al futuro lo llevaba un barco llamado Ravello. Lejos quedaba también la familia, pero Antonio conocía de antemano que cualquier sacrificio que hiciese, la vida misma se lo recompensaría, porque era, ya en aquel entonces, un buen hombre y gran trabajador. La noche del primero de octubre de 1950 desembarca en La Guaira; tres años después, un día de los inocentes, un 28 de diciembre de 1953, conocía el calor de Maracaibo. Y entonces comenzaron los años, nos relata Cafoncelli, de duro trabajo diario como carpintero, en un país floreciente, donde este tipo de servicio era requerido por distintos sectores sociales. Tal era el aumento de la demanda en la región occidental del país que esta le permitía desarrollar pequeñas empresas de capital compartido y de considerable lucro.

El señor Antonio recuerda como sus socios Dante Masina, Pietro Zacco, Delfo Gardini, compañeros de camino que la misma dinámica de la vida los colocó en diferentes rumbos. Con ellos concretó diversos negocios de carpintería, en los que por decisión propia no se dedicaba a los cálculos sino al trabajo manual. En ese tiempo ya conocía los verdaderos valores de la vida como la honestidad y el esfuerzo. El señor Antonio Cafoncelli es un hombre de principios y de buen corazón. Nos dice: “si tienes ganas de trabajar, hazlo, que tendrás éxito; porque si tienes ganas nunca hay tiempo malo”.

Si existe alguien importante en su vida, ésta es su esposa Maria Tedesco, y sus cuatros hijos- Franco, Antonio, Cristina y Dino. El señor Cafoncelli conoció a Maria en Italia, en una ocasión de regreso, cuando era muy joven y buscaba una esposa. Le propuso matrimonio a la vez que el proyecto marcharse con él a Venezuela. En aquel entonces quería a alguien de su tierra para compartir las mismas tradiciones, alguien que fuese el apoyo moral en su lucha en el extranjero. Entre los dios, escribiendo en vetustas máquinas, llevaban la contabilidad de una olvidada carpintería; hacían planes para los tiempos futuros; levantaron un grupo de empresas y una familia.

El señor Cafoncelli, a sus 67 años, es un hombre feliz. En 1996 recibió La Orden Mérito al Trabajo de manos de La Cámara de Industriales del Zulia; en 1999 la Alcaldía de Maracaibo lo condecoró con la Orden San Sebastián, tanto de manera personal como por su importante labor al frente del asilo para ancianos inmigrantes Villa Serena. Todos los días Cafoncelli tiene una cita con el trabajo. Todos los días lo deslumbra el brillo del mármol en su oficina. – R.A.