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“Viví el drama de Siria”

“Viví el drama de Siria”

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“Viví el drama de Siria”

Revista

Mi nombre es Rodrigo Abd, Desde hace 13 años trabajo como fotorreportero para la agencia de noticias Associated Press (AP). Un día, en 2012, me propusieron ir a Siria. Estuve tres semanas cubriendo lo que para mí fue sobrevivir en medio de descargas de municiones y donde fui testigo del dolor de millones de víctimas.

23 febrero, 2016
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Ficha técnica: Rodrigo Abd, argentino, 39 años. Reportero gráfico de la agencia de noticias Associated Press desde 2003. Ganador del Premio Pulitzer 2013 (galardón por logros en el periodismo impreso y en línea) por su cobertura en los conflictos armados en Siria.

Yo vivía en Guatemala cuando de repente sonó el teléfono, me llamaron para preguntarme si podía ir a Siria. Rápidamente se me vino a la cabeza toda esta historia personal de mi familia. Mis abuelos eran sirios, nacieron en la ciudad de Homs, en el centro del país, de ahí mi apellido. Llegaron a Argentina a principios de 1900, entonces era difícil para mí el hecho de volver a la tierra de mis ancestros para cubrir una guerra.

Al mismo tiempo consideré que si no habían periodistas y reporteros documentando lo que sucedía, sería como un agujero negro dentro de la historia de estos conflictos tan sangrientos, que ya ha cobrado más de 200 mil vidas.

Me pareció que era muy importante contar el sufrimiento de estos civiles que quedan en la línea de fuego, esa gente que tiene que refugiarse, vivir en campamentos durante años y que deben migrar para continuar su vida y poder contarla.

Fue muy intenso todo el viaje, a diferencia de coberturas más convencionales, nosotros —mi camarógrafo Ahmed Bahaddou y yo— no éramos invitados, no teníamos una visa de periodistas. Así que tuvimos que entrar a escondidas en un tractor en la frontera con Turquía. Estando allí contactamos a unos líderes del frente de la inmigración siria y ellos nos fueron llevando de pueblo en pueblo hasta Idlib, la ciudad donde se desarrollaban los enfrentamientos con el gobierno de Bashar Al-Assad.

El hecho de hacer esa travesía por todos los pueblos era muy peligroso porque teníamos que pasar por retenes del ejército sirio. En ese momento no habían muchos periodistas, entonces debíamos intuir lo que estaba pasando y al mismo tiempo tomar decisiones todos los días sobre si era seguro seguir o si debíamos retirarnos con los que habíamos cubierto.

Veíamos el dramatismo de un lugar donde se vivía la guerra a diario. Fuimos recorriendo distintos pueblos durante 10 días. Hasta ese momento habían marchas como en cualquier otro país del mundo, civiles protestando por la represión del régimen.

Miedo

El Gobierno comenzó a asediar la ciudad de Idlib. Veíamos que el ejército avanzaba hacia nosotros rápidamente y los rebeldes sirios no estaban capacitados ni organizados para luchar contra ellos.

Fue una experiencia muy dramática, teníamos mucho miedo, no sabíamos en qué momento los bombardeos nos dejarían atrapados en esa ciudad. Vimos cientos de muertos, fui testigo de la desesperación de las personas por querer huir y de su frustración por no poder proteger su casa.

Me impactó mucho el dolor de las familias, de las mujeres y los niños por sufrir las consecuencias de una guerra tan sangrienta. Nunca tuvimos donde dormir, así que un día pedimos en una pequeña clínica —que recibía apoyo de la Cruz Roja— que nos permitieran quedarnos esa noche.

Al entrar, vimos a una mujer ensangrentada que lloraba desconsolada, estaba vendada y en shock. Recuerdo que se llamaba Aira. Al intante nos percatamos de la presencia de tres niños que reposaban en otras camillas, ellos estaban en el mismo estado de gravedad. Eran sus hijos.

Nosotros consternados ante la situación, nos miramos, así que nos acercamos para hacer un video y algunas fotos. Mi compañero, Ahmed Bahaddou, habla árabe, lo que simplificaría el diálogo. Pero cuando nos acercamos para preguntarle qué había ocurrido, un familiar nos detuvo y nos dijo: ‘No le pregunten nada, ella está conmocionada y todavía no sabe que su marido y sus otros tres pequeños acaban de morir en un ataque a su casa’.

Ese es el ejemplo más claro de lo que era vivir el drama de la población siria. Las familias destrozadas que debían correr en medio de los disparos para estar a salvo. Creo que eso fue lo más duro para mí porque nunca había visto el conflicto de una manera tan cruel.

Vimos cómo funcionaban los poquitos centros de salud, realmente eran cuartos improvisados para poder salvar vidas. No existían ni clínicas ni hospitales porque se trataba de pueblos rurales al norte del país. Estaban cercados, no había forma de abastecerlos con medicamentos, incluso los médicos se habían ido.

En un momento pensé en la suerte de que, ni mi camarógrafo ni yo, sufrimos ninguna lesión, porque no sé de qué manera hubiésemos sobrevivido. Cualquier herida pudo haber sido una muerte segura.

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AP | Rodrigo Abd

En la boca del lobo

Ahmed tenía basta experiencia en la cobertura de conflictos armados, así que en parte fue él quien consideró que debíamos salir de ese lugar lo antes posible porque corríamos mucho riesgo.

Se lo planteamos a nuestros acompañantes y ellos nos hablaron de la posibilidad de salir al otro día en la noche. Entonces empacamos. Recuerdo que no dormimos nada en la clínica porque el ejército avanzaba. Teníamos mucho miedo y ese jueves cuando anocheció nos encontramos con la mala noticia de que quienes nos ayudarían a escapar ya se habían ido. Perdimos la oportunidad, así que si queríamos salir debíamos esperar y contactar a otros para que fungieran como nuestros guías. Esas horas fueron muy duras, seguían llegando cuerpos a la clínica.

Una última oportunidad

El viernes, de oración para los musulmanes, logramos llegar a una mezquita cercana a la ciudad. Ahí nos despojamos de todo lo que no era necesario porque sabíamos que debíamos caminar toda la noche para llegar a otro pueblo.

Necesitábamos estar lo más ligeros posible. Era díficil porque tenía la computadora, el satelital y los implementos necesarios para trabajar. Esa noche fue muy dura. Veíamos las ráfagas de las ametralladoras y de los fusiles encima de nosotros, como en La Guerra de las Galaxias.

Había gente llorando diciéndonos que nos iban a matar. Veía los nervios de las personas que entraban a la mezquita a rezar sabiendo que ese podía ser su último día. En cuanto terminó el rezo, decidimos que era el momento para salir. Esperamos debajo de unos arbustos casi dos horas, hasta que recibimos la señal para comenzar la travesía.

Caminamos y entramos a un túnel debajo de la autopista, de un metro de diámetro. Era desgarrador, íbamos agachados con nuestras mochilas, cada uno tocando el pie del otro para saber que estábamos en línea. Después caminamos toda la noche en búsqueda de una ciudad que todavía estuviera en control de los rebeldes, necesitábamos salir a Turquía lo más urgente posible.

Desconocíamos si al salir nos esperaba el ejército sirio. Por suerte eso no pasó, así que salimos del túnel, caminamos unas seis horas buscando alejarnos. Mientras lo hacíamos, escuchábamos el ruido de los tanques sin saber cuándo podíamos cruzarnos con ellos. Afortunadamente llegamos al próximo pueblo. Un auto nos alejó del enfrentamiento. Salimos camuflados en un tractor para cruzar la frontera, atravesamos un campo de la misma forma en la que entramos tres semanas atrás. Al día siguiente de haber partido, la ciudad cayó en manos del ejército y en sólo cuatro días ellos aplastaron a los rebeldes.

Hoy tengo la suerte de estar vivo. De esa experiencia aprendí el dolor de millones de sirios que luchan por sobrevivir a diario en campos de refugiados en pésimas condiciones.

Una de las razones por las que lo hice fue para entender al ser humano de una forma mucho más cercana. El fotoperiodismo tiene que ver con relacionarse con mucha gente, y de otra modo o con otro trabajo sería imposible hacerlo.

En más de 10 años de labor profesional he estado en momentos difíciles en los que me ha tocado asumir riesgos, pienso que es la única forma de contar la historia de una manera profunda y honesta. Aprendí a reconocer cuándo dejar de lado esas ansias por contarla y saber cuándo es el momento de retirarse para salvar la vida. Siempre hay un límite para sobrevivir haciendo lo que tanto nos gusta.