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David Bowie, una estrella de otra galaxia

David Bowie, una estrella de otra galaxia

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David Bowie, una estrella de otra galaxia

Revista

23 febrero, 2016

Su inagotable creatividad iluminó el camino de cientos de artistas en los últimos 50 años, forjando un lenguaje estético y musical que ningún otro ha logrado. Estas breves líneas honran la obra de un genio sin precedentes para quien no existen palabras suficientes que describan la magnitud y significado de su legado.

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David Bowie fue uno de esos artistas imposible de pasar desapercibido. O se le odiaba o se le amaba. La mayoría del mundo coincidió en amarlo y sus contados detractores nunca dejaron de reconocer que su talento no era de este planeta o —de modo más realista— no pertenecía a esta era. La estela que dejó a su paso por la tierra permite considerar esa fantástica teoría de que provenía de otro tiempo y universo. Una estrella que durante cinco décadas encandiló a la cultura popular con su inagotable creatividad, genio y talento. Pero ¿qué se puede decir de una figura tan importante dentro del mundo artístico, tan esencial dentro la escena musical contemporánea, que sea suficientemente sensato para rendir tributo a su memoria? Nacido el 8 de enero de 1947 en Londres (Inglaterra) como David Robert Jones, su influencia fue inmensurable en la cultura mundial. Prácticamente todo lo que hemos percibido en la estética artística y en la evolución musical del pop rock de los últimos 50 años, estuvo de alguna manera inspirado por él.
Varias particularidades le hicieron sobresalir desde el comienzo de su carrera. La primera, la más evidente: su enigmática mirada, acentuada por sus ojos de diferente color —uno azul, el otro verde— y además por presentar la pupila del ojo izquierdo permanentemente dilatada producto de un golpe recibido cuando era niño. Estábamos ante un hombre cuyas características físicas reforzaban su misterioso y llamativo espíritu, haciéndolo único e irrepetible.

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Hubo tantos Bowies en uno, que cuesta creer que hablemos de la misma persona. Bien ganado tenía su apodo del “Camaleón del Rock” por su impresionante capacidad para reinventar su imagen, explorándola sin límites, explotándola en contra de los convencionalismos instaurados especialmente en la época en que surgió su estrellato, a principios de los años setenta, cuando sentó las bases del extravagante estilo Glam. Su look andrógino y su siempre reseñada vida personal —en la que durante un tiempo curioseó con diversas preferencias sexuales, cayó en las garras del alcoholismo y las drogas y expuso cuestionables opiniones personales respecto a algunos temas sensibles—no desviaron a este extraterrestre (no hay mejor manera de definirlo) del trayecto hacia su destino final: la inmortalidad.

En lo musical, sus álbumes causaron un impacto positivo, diferente. Siempre se negó —hasta su muerte— a seguir las tendencias comerciales, a formar parte del llamado mainstream. En sus inicios, discos como Space Oddity (1969), The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972) y Aladdin Sane (1973) mostraron a un compositor atípico pero determinado; luego, residenciado en una Berlín dividida por el Muro, sus álbumes Low (1977), “Heroes” (1977) y Lodger (1979) dejaron al descubierto una etapa de reflexión tanto de sí mismo como del mundo que lo rodeaba. Después llegarían los ochenta, donde un Bowie más maduro y universal nos conquistó con su imparable genio pop, presente en el exitoso LP Let’s Dance (1983), de donde el sencillo homónimo sería uno de los temas más exitosos de todos los tiempos. En los noventa y a principios del nuevo milenio su exposición mediática fue menor, pero cada vez que aparecía o lanzaba un nuevo álbum el planeta tornaba su mirada hacia él.

Aparte de su prolífica obra, ¿cómo olvidarlo cantando Under Pressure, aquel himno del rock que grabó junto a Freddie Mercury y Queen? Además, su impacto en las nuevas generaciones de artistas fue innegable; por citar un par de ejemplos: Kurt Cobain y Nirvana, en su recordado MTV Unplugged de 1993, le rindieron sus honores. “This is a David Bowie song”, dijo el eterno mártir del grunge antes de tocar su aclamada versión de The Man Who Sold The World. Y Jakob Dylan, el hijo del legendario Bob, también hizo lo propio al versionar en 1998 su extraordinario éxito Heroes, junto a su agrupación The Wallflowers.
El cine no escapó de su sello. Su participación en The Man Who Fell to Earth (ciencia ficción, 1976), Merry Christmas, Mr. Lawrence (drama, 1983) o Labyrinth (fantasía infantil, 1986) mostraron su versatilidad actoral. También su recordado papel como Nikola Tesla en el drama de suspenso The Prestige (2007) o personificándose a sí mismo como juez del “duelo de pasarela” en la comedia Zoolander (2001) reafirmaron que, sin importar el rol o género, Bowie era un artista integral en todo sentido.

El mundo de la moda le debe igualmente cientos de influencias y estilos inspirados por él. A pesar de que en los últimos años no eran frecuentes sus apariciones públicas, siempre se las arregló para estar vigente, presente, merodeando nuestra existencia. En 2013 regresó exitosamente a la escena musical con su álbum The Next Day y casi tres años después, el 8 de enero de 2016 —justo el día de su cumpleaños número 69—, lanzaba Blackstar, su vigesimoséptimo trabajo discográfico, el cual se convertiría en el último de su vida. A los dos días, el 10 de enero, su luz se apagaba para siempre —al menos en este plano— en Nueva York, luego de batallar secretamente contra un cáncer de hígado durante año y medio. Sin embargo, tuvo la gallardía suficiente para dejarnos en este álbum su carta de despedida, su despegue definitivo. Se cercioró de que su muerte fuera el último acto de su magistral obra.
No hay palabras suficientes para definir la importancia de este gigante. Ziggy, el Duque Blanco, David Jones… todos se marcharon junto a David Bowie, quien por 69 años estuvo de paso en este planeta mostrándonos su genialidad, la cual nos queda plasmada en su música y legado. Ahora vuela con su magia hacia otros universos. Aquí ya lo extrañamos.