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Papa Francisco, un pontífice para los tiempos de hoy

Papa Francisco, un pontífice para los tiempos de hoy

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Papa Francisco, un pontífice para los tiempos de hoy

Revista

El 13 de marzo de 2013 Jorge Mario Bergoglio se convirtió en el máximo líder de la iglesia católica. Humilde, carismático y con un afán auténtico por mantenerse cercano a la gente, busca el fortalecimiento del catolicismo buscando adaptar su tradicional rasgo conservador dentro del mundo actual, teniendo como prioridad el servicio a beneficio de la humanidad.

1 diciembre, 2015

 

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CORONA, Jorge

La sorpresiva renuncia de Benedicto XVI como sumo pontífice, anunciada el 11 de febrero de 2013, movió los cimientos de la iglesia católica. Pasaron 598 años para que nuevamente se registrara una decisión de este tipo en El Vaticano y, una vez efectiva, abrió el proceso del cónclave en marzo de ese mismo año para elegir al sucesor. Jesucristo se quedaba temporalmente sin representante en la tierra y aunque nadie intuía quien heredaría el puesto de San Pedro, la sorpresiva renuncia fue superada por el anuncio de la elección del primer papa hispanoamericano de la historia, el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio.

Los ojos del planeta se pusieron sobre este hombre nacido el 17 de diciembre de 1936 en Buenos Aires. Mario José Bergoglio, su padre, era un contador italiano quien llegó a tierras gauchas huyendo del fantasma del fascismo que, personificado en la figura de Benito Mussolini, comenzaba a apoderarse de su país. Junto a Regina María Sívori, una bonaerense de ascendencia italiana, formó una familia de cinco hijos en la que Jorge Mario, el primogénito, tuvo una infancia caracterizada por la constante presencia de tíos y abuelos, creciendo vinculado a sus raíces y rodeado de valores familiares.

Antes de iniciar su vida religiosa, su juventud fue tan común y corriente como la de cualquier muchacho en su país. Estudió química en una escuela técnica de la capital, egresando como técnico químico y trabajando posteriormente para un laboratorio. Además de este oficio, para ayudarse económicamente trabajó durante un tiempo como portero de un local nocturno y entre sus gustos y distracciones estaban bailar tango y jugar fútbol. Sus días eran tranquilos hasta que a los 17 años, una tarde caminando frente a un templo, sintió el llamado espiritual que, dirigiéndose a su corazón, le invitó a dedicar su vida al servicio de Dios. Convencido, Bergoglio aceptó, pero no dijo nada en casa. Continuó su vida y estudios de manera normal hasta los 21 años, edad en la que decidió ingresar en el seminario Jesuita.

Una de las personas más afectadas con la decisión de seguir el camino del sacerdocio fue su madre, quien lo veía a futuro como un hombre de familia. Sin embargo, la vocación pudo más que los deseos de Regina, quien tiempo después comprendió que los designios que Dios había estipulado para su hijo estaban más allá de su propio entendimiento. A medida que avanzaba su preparación sacerdotal, Jorge Mario más se convencía de que estaba en el camino correcto. Pero sus sueños de ir a trabajar como misionero jesuita en Japón se truncaron por una grave neumonía que se complicó al punto de ser intervenido quirúrgicamente para extraerle parte de uno de sus pulmones. A pesar de lo delicado del procedimiento, recuperó su salud y continuó con su vida dedicada a la iglesia.

A lo largo de su camino espiritual, Bergoglio ha tenido simpatizantes y —por supuesto— detractores. El futuro papa, en sus inicios, era conocido en los círculos católicos argentinos por sus estrictas convicciones frente a algunos sectores de la iglesia. Como es tradicional entre los jesuitas, era impositivo ante ciertos temas, lo que provocó diferencias con representantes de otras congregaciones. Aprender que su misión debía ser más dirigida al trabajo en conjunto fue algo que se fue dando con el tiempo, a través de la reflexión sobre su verdadero rol como defensor de la iglesia y también como conciliador, como persona capaz de escuchar peticiones, analizar criterios y decidir en beneficio de la iglesia y de los feligreses. Su impopularidad y autoritarismo inicial también fueron motivo de recapacitación, llevándolo a un profundo examen interno que le permitió afrontar su vida sacerdotal con más tolerancia, abriéndose a otros conceptos y entendiendo que la ley de Dios puede tener diversas interpretaciones y maneras de aplicarse a través de la actuación de los hombres.

Tras ocupar importantes cargos a lo largo de su trayectoria entre los que cuentan haber sido obispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, fue nombrado cardenal presbítero en 2001. En 2005, cuando se dio la elección de Joseph Ratzinger como papa, estuvo entre los elegibles, pero nadie apostaba a que ocho años después él sería el pontífice número 266 en la historia de la iglesia. Quizás lo que inclinó la balanza de Dios a su favor fue el cierre de su intervención durante el cónclave cuando dijo que la iglesia, en aras de sobrevivir, debía de “dejar de vivir en ella, de ella y para ella”, refiriéndose a que urgía de una mayor apertura al mundo actual. Una frase que evidenciaba su ferviente deseo de aplicar profundos cambios que hicieran a la iglesia más cercana a la gente, participando activamente en la discusión de temas como el matrimonio igualitario o atendiendo la pobreza, la desigualdad, la injusticia, la corrupción —incluso dentro de la Santa Sede—, el impacto ambiental, el calentamiento global y otros temas sensibles que se habían dejado de lado. Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco —nombre elegido en honor a San Francisco de Asís—, ha levantado la voz ante estos temas al tiempo que prescinde de lujos como vivir en el palacio papal, finos automóviles con chofer y otros beneficios asignados a su posición, porque entiende y quiere mostrar por encima de todo que su misión es guiar a la humanidad por el buen camino con humildad, amor, fe, caridad y tolerancia, en clara sintonía con los valores de Jesús y de su eterno Padre.