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Carlos Cruz-Diez, una vida detrás del color

Carlos Cruz-Diez, una vida detrás del color

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Carlos Cruz-Diez, una vida detrás del color

Revista

Su obra logró abrirnos los sentidos hacia la naturaleza cromática. Su eterno juego entre la luz y el color llegó hasta los últimos rincones del mundo y colocó a Venezuela en el mapa del arte contemporáneo, reconociéndolo como actor fundamental dentro del arte cinético. Tendencia tuvo el honor de entrevistar al prisma viviente, al incansable maestro del color, a uno de los artistas plásticos más importantes de todos los tiempos.

1 diciembre, 2015
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Orlando de la Fuente | Atelier Cruz-Diez París

De niño su vida giraba en torno a las imágenes y el dibujo. De esos años, ¿recuerda alguna obra artística en particular que le haya llamado la atención y que aún tenga presente?
De muy niño visité con mi abuela la casa-taller de Arturo Michelena, uno de los grandes pintores académicos de Venezuela. Me fascinó una pequeña obra titulada La Vara Rota, escena taurina donde el toro después de herir al caballo atacaba al picador tratando de escapar. Me pareció tan bien dibujada, tan real la escena, que yo quería aprender a hacer lo mismo. A partir de allí mi diversión fue dibujar y pintar.

Los años hicieron que su vocación fuera creciendo en una Venezuela que también quería crecer en el lenguaje cultural. Esa pasión por expresarse a través del arte, ¿fue inculcada por sus padres o nació de manera espontánea?
El medio familiar tuvo mucho que ver en mi formación. Mi padre era poeta y mi madre amaba la lectura. Tuvimos una “Victrola” (gramófono) donde oíamos cantar a Caruso, Beniamino Gigli y mi padre, al llegar del trabajo, nos invitaba a sentarnos a su lado para escuchar la lectura de la última novela, poesía o ensayo publicado. Cuando les comuniqué mi deseo de ser artista, para ellos fue un regocijo.

¿Qué otros oficios o profesiones consideró ejercer antes de entregarse de lleno a las artes plásticas?
De estudiante en la escuela de Artes Plásticas me di cuenta de que para tener plena libertad de creación en la pintura debía financiarla con otra profesión, lo más próxima a lo que sabía hacer. Por eso dediqué parte del tiempo a hacerme la profesión de diseñador e ilustrador, trabajando en la publicidad y el periodismo. Veinte años en esa actividad, compartida con la práctica de la pintura, me dio una información mayor y me permitió financiar mi libertad de artista.

“El arte es vida” afirma. ¿Es posible una vida plena con la ausencia del arte?
No lo creo, el arte es inherente al hombre. Arte significa “hacer” y cada quien tiene su específica vocación de hacer. No es necesario ser pintor, músico o poeta para sentir pasión y amor por “algo” y ese algo, cuando se ejerce bien y en plenitud, da un placer muy similar a lo que el artista siente al hacer su obra.

 ¿Cuándo descubrió y aceptó al arte como su vocación de vida y cuál fue el motivo que lo impulsó a dedicarse en mente, cuerpo y corazón a él?
A los 17 años, cuando terminé el primer año de bachillerato, les dije a mis padres que mi meta no era graduarme de bachiller, sino ser artista. Nada me interesaba tanto como el dibujar, pintar, la fotografía, el cine y todo lo relacionado con la multiplicación de la imagen. Sentía la urgente necesidad de ampliar mis conocimientos y destrezas en lo que sería mi futuro.

El paisajismo y la denuncia de realidades eran tendencias comunes entre los artistas de mediados de siglo veinte en Venezuela. Usted sin embargo sabía que ese no era el camino que quería recorrer. ¿Qué le inquietaba mientras encontraba su propio discurso artístico?
En la vida el entender no es un mecanismo lineal, necesita de muchas idas y vueltas hasta que logramos despejar el camino. Recuerdo que con gran euforia preparaba el tema y los elementos del próximo cuadro pero, a medida que avanzaba en su ejecución, me invadía la tristeza, la inconformidad porque aquello no cumplía con mis aspiraciones. Fue una etapa de confusión. Al fin, un día entendí que no se trataba de pintar bien, denunciar, expresarme, sino inventar un discurso, un lenguaje propio, que diera otra información al espíritu y otras posibilidades de hacer arte. Aquí comienza otra etapa de reflexión y angustias. ¿Inventar qué, si aparentemente ya todo estaba inventado?

Pertenece a un grupo de maestros creadores venezolanos como Jesús Soto y Alejandro Otero, cuyas ideas sobre el arte contemporáneo encontraron eco en otras latitudes, aunque como individuos nunca perdieron el contacto ni la identidad nacional. ¿Qué querían transmitirle al país mientras desarrollaban su corriente desde afuera y a la vez que querían transmitirle al mundo sobre Venezuela?
Nosotros compartimos la voluntad de un grupo generacional de venezolanos que se proponía sacar al país del siglo XIX y llevarlo a la modernidad. Los artistas entendimos que en el arte esa tarea no podía hacerse permaneciendo en el país, había que buscar información afuera y a la vez informar en el exterior lo que habíamos logrado. Muchos no entendieron el esfuerzo ni los logros y el país, en ciertos aspectos, sigue estancado en el siglo XIX.

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Luz Pérez Ojeda | Atelier Cruz-Diez París

Muchos aseguran que al artista, por su propia condición, le es difícil manejar el concepto de estabilidad sentimental y de familia. Usted ha integrado exitosamente a su esposa, hijos y nietos en la elaboración y continuidad de su obra, creando un legado que se ha convertido en un patrimonio familiar y cultural…
Mi caso es particular, un proyecto de vida en el cual mi esposa Mirtha jugó un papel primordial. Ella entendió, al igual que mis padres, que mi aventura en el arte era la aventura de la vida misma. Logramos motivar a los hijos y nietos a integrarse en un proyecto donde cada quien tendría posibilidades de desarrollar su creatividad y futuro económico. No ha resultado una tarea fácil, pero la motivación común ha sido el arte.

 El color, algo tan cotidiano para el hombre, fue elegido como epicentro de su obra. ¿Por qué se centró en él y decidió explorar su presencia e influencia en nuestra vida?
Mi interés por encontrar un nuevo discurso en el arte me indujo a investigar sobre el color, instrumento fundamental de la pintura. Por ser tan cotidiano la gente lo institucionalizó como algo absoluto, inmutable ligado a la forma. Pero la naturaleza continuamente nos revelaba que el espacio está coloreado sin soporte y el color de las cosas se modifica continuamente de acuerdo a las condiciones lumínicas. Mi propósito era poner de manifiesto su comportamiento dinámico, cambiante y no hacer una transposición estática como hicieron los impresionistas.

Más allá de estudiar, entender y transmitir la ciencia del color, siempre ha buscado que el espectador sea parte activa de sus obras y no simplemente un observador. ¿A qué se debió esa necesidad de involucrarlo en la experiencia?
Lo participativo es una de las propuestas del arte cinético. Al integrar el tiempo y el espacio reales en la obra, el espectador pasa de una actitud contemplativa y pasiva a implicarse en el acontecimiento cromático que la obra está generando.

También llevó su obra a espacios urbanos y no la limitó sólo a museos o exposiciones privadas…
Considero el arte como un mecanismo de comunicación y a la calle y el hábitat como soportes importantes para que la obra cumpla su misión de llevar mensajes al espíritu del mayor número de personas.

Muchos venezolanos desconocen que sus obras hacen parte de sus ciudades. La intervención de un muro, un paso peatonal, una estructura, una ventana o una fachada influye de manera inconsciente en el estado de ánimo y en el sentido de pertenencia entre el ciudadano y su ciudad. Intervenir esos espacios de la cotidianidad es una manera de afianzar el arte en el colectivo, pero ¿no corre la obra riesgo de ser ignorada, banalizada e incluso vandalizada?
Toda acción implica un riesgo. Intervenir el espacio urbano y los sitios de trabajo lo realizo con la esperanza de que el mayor número de personas disfrute del mensaje. En el correr del tiempo algunas obras han sido destruidas, pero he tenido la satisfacción que muchas de ellas se han convertido en parte de la memoria colectiva.

Usted crea, diseña, propone la idea y un grupo de personas lo ayuda a materializarla. ¿Qué es lo que más le satisface de este equipo que, tras bastidores, hace realidad su pensamiento artístico?
Mis obras son bastante complejas de realizar, por eso he tenido que recurrir a un equipo de colaboradores y estructurar un sistema para tener control absoluto del resultado final. Me da gran satisfacción ver en ellos la alegría que generan las obras a medida que la elaboración avanza. Cada obra es una aventura y un proceso de descubrimiento. 

¿Hacia dónde se dirige el arte en el siglo XXI y hacia donde nos dirige como individuos?
No lo sé… Espero que el confuso panorama actual se despeje.

¿Qué hace falta en Venezuela para que el público entienda que el arte es esencial para el crecimiento de la sociedad y del imaginario del ciudadano?
Hacerle entender a la gerencia del país que la cultura, el arte y el deporte generan respeto, bienestar, riqueza y paz social. La gran riqueza que genera el turismo en España, Francia e Italia no es porque el mundo va a ver a sus habitantes, sino porque va a disfrutar del arte y su cultura. También habría que crear mayor actividad artística y cultural y más cobertura en los medios de comunicación para que la gente tome conciencia de ello y se motive a participar y crecer espiritualmente.

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Articruz Panamá

Alguna vez dijo que las coordenadas de la historia del arte no pasaban por Venezuela. Sin embargo usted es responsable de que a nuestro país se le considere como una de las cunas del cinetismo moderno. ¿Qué se siente haber logrado un espacio propio dentro del arte mundial?
Entre los años 40 y 50 tenía la sensación de no existir, no figurábamos para nada en la historia, todo sucedía afuera y nadie volteaba hacia nosotros para escucharnos. El gran esfuerzo de los artistas ha sido para hacernos oír en el contexto universal. Hoy felizmente, con el arte y la música, hemos logrado que esas coordenadas pasen y en otras disciplinas que se nos acerquen.

Con una vida entera en París aún no ha perdido su identidad venezolana. ¿Cuál ha sido su misión como artista y como venezolano ante el mundo?
Con 55 años en París y siendo ciudadano francés, nunca he dejado de pensar en Venezuela y de hacer severas críticas, como a mis hijos, con la esperanza de que seamos cada vez mejores. Ese sentimiento se lo hemos inculcado a nuestros hijos y nietos y una de las pruebas es que al hablar español nuestro acento es venezolano. Los artistas que hemos hecho la obra fuera de Venezuela contribuimos a decirle al mundo que en nuestro país sí suceden cosas importantes.

¿Cuáles han sido las virtudes esenciales que ha mantenido Carlos Cruz-Diez para que hoy sea considerado uno de los grandes maestros del arte contemporáneo?
Creo que los artistas ganan el respeto de la colectividad cuando su obra es coherente y aportan algo al desarrollo del arte universal.

¿Cómo siente el ver a personas de diferentes razas, culturas, idiomas y latitudes conmovidos y fascinados con sus teorías del color? ¿Qué es lo más curioso que le han dicho?
Es muy satisfactorio porque me indica que el discurso ha sido eficaz y ha llegado a tocar el espíritu de la gente. Algunos me han dicho que mis obras le hacen mal a los ojos y yo les respondo que tengo más de la mitad de mi vida estudiando cómo llegar al límite de la visión normal para que vean más allá de la rutina, abriéndoles horizonte de otro conocimiento.

 Usted ya ha logrado dejar su huella y nombre en la historia y sigue buscando más, trabajando sin descansar. ¿Podríamos decir que el color es el combustible de vida de Carlos Cruz-Diez?
El mundo del color es el mundo del asombro y el descubrimiento. Cada obra que realizo me abre nuevas posibilidades para la próxima. Es el deseo de descubrir, experimentar y decir algo diferente para despertar otras nociones.

Los venezolanos y ciudadanos del planeta hemos cambiado la manera de ver la vida, las cosas, la luz, la forma y el mundo gracias a su obra…
Ojalá mi obra sea un simple mecanismo o mensaje de alerta que estimule el deseo de descubrir, experimentar y disfrutar el arte y la vida.