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Comer fuera de Caracas sin salir de ella

Comer fuera de Caracas sin salir de ella

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Comer fuera de Caracas sin salir de ella

Revista

29 abril, 2016
PV_Turismo_Tendencia_Edicion_81

VELÁSQUEZ, Raymar

Viajar se refiere al acto de moverse, pero si se busca en el sentido más amplio de la palabra, se puede descubrir que uno también se traslada con la lectura o con un buen plato. Esta etapa diferente de la realidad venezolana puede llevarnos a turistear fuera de nuestras fronteras estando dentro de las calles de nuestra localidad, solo hay que ser un poco creativo.
Fotografías: Raymar Velásquez (@raymarven)

Cuando se visita un nuevo destino, de las primeras cosas que se busca es probar la gastronomía local, pues la mezcla de colores, sabores, olores y texturas tienen un código diferente para cada pueblo. Por medio del hecho de sentarse a la mesa se une algo tan básico e importante como la familia. Una comida estrecha lazos, forma parejas u ofrece una muestra de todo lo que es importante para una nación. Por ello, una manera de conocer pueblos diferentes al nuestro, de tratar de comprenderlos y hasta adoptarlos un poco es a través de sus platos. En Caracas algunos rincones pueden lograr ese efecto de trasladar a través del paladar.

China más allá del chop suey y la lumpia

El sector El Bosque de la capital venezolana se vuelve todo un barullo los días domingo. Los carros empiezan a bajar la velocidad hasta que se encuentran medio trancados en una cola; mucha gente prefiere estacionar lejos y caminar hasta su destino. Los rostros de ojos rasgados comienzan a verse dirigiéndose hacia el Club Social de la comunidad china en Caracas, que cada domingo abre sus puertas para surtir principalmente a sus compatriotas de ingredientes para preparar aquellos platos que les permitan preservar o, por lo menos, intentar conservar algo de su milenaria cultura en otro suelo. En el Mercado Chino se consiguen desde periódicos, que solo los asiáticos entienden, hasta comida. Brotes de soja y de frijol, jengibre, cebollín chino, col y otras legumbres están expuestas a la orden del comprador; patos al horno, anguilas vivas, vísceras de ave y patas de gallina son ingredientes comunes para la mayor parte los visitantes que compran lo que necesitan. Luego pasan a los restaurantes ubicados frente al club donde, en una gran mesa, están dispuestas cuencas y cestas de metal con empanaditas rellenas de carne de cerdo y camarones, panes de harina de arroz rellenos de vegetales, gelatinas de frutas, tortas y tartaletas rellenas.
La metodología indica que se agarra todo cuanto el estómago crea que pueda recibir y se lleva a la mesa. Allí los mesoneros sirven té verde, pero también hay refrescos. A los lados del extrañado “turista” que asiste por primera vez, los comensales chinos parecen que deben sentirse en algo parecido a su casa, pues ríen, se saludan, conversan en un tono que parecieran gritos, comen, se pasean por todos los platos del menú y por un día se adueñan de un pedacito de Caracas para convertirlo en cualquier región de su lejano país.

Perú en un bulevar

Los domingos en la mañana 12 toldos y otros cuantos tarantines comienzan a levantarse en los alrededores de Quebrada Honda, cerca de la Casa del Artista. Este fue el lugar escogido por la comunidad peruana radicada en Venezuela para instalar su cooperativa con la que los fines de semana se “rebuscan”, como dicen ellos, unos centavos más. Los vendedores llevan bandejas con los platos ya preparados y muy amablemente comienzan a explicar detalladamente a quien se acerque de qué está compuesto cada bocado que luego se llevará a la boca.
Se ofrece ceviche, que quizás es el plato más conocido de la gastronomía peruana por estas tierras, pero también presentan causa limeña que es una especie de pastel elaborado a base de papa amarilla relleno de pollo o pescado, adornado con huevos y unas grandísimas aceitunas negras. También hay papa rellena, cabrito, pato, lomo saltado, chanfainita y cau cau, este último es una mezcla de panza, papas y otros ingredientes en cuadritos.
La gastronomía del Perú es una de las más ricas y variadas de América, se trata de cocina que ha pasado sus recetas de generación en generación tratando de resguardar así su cultura. Esta es el resultado de la fusión inicial de su propia tradición culinaria, mezclada con la cocina española y las costumbres traídas del África. Posteriormente su mestizaje se vio influenciado por los franceses y en mayor grado por los chinos cantoneses, japoneses e italianos. De esta forma, se puede entender la explosión de sabores que siente el paladar al probar sus platos.

La tradición de Corea
Para ubicar una mesa en el restaurante Din Din hay que bajar unas escaleras y dirigirse hacia un sótano. El hecho ya supone que la experiencia en el lugar no va a ser común. Este local situado en la primera avenida de Los Palos Grandes dedica sus preparaciones a la cultura coreana y, por supuesto, a sus costumbres. En este lugar hay que dejarse llevar por la intuición y un poco por la orientación de los amables mesoneros que explican qué contiene cada plato. Una vez se ha pedido, comienzan a llegar los acompañantes: berros con ajonjolí y vinagre, repollo picante, pequeños pescaditos fritos, una suerte de revoltillo con cebolla larga picada. Estas breves cacerolas se utilizan para ser pasadas entre los comensales, que deben compartirlas entre ellos para así acompañar su plato principal.
La carta de este restaurante, que en sus paredes exhibe un ochentero papel tapiz blanco con letras que el visitante debe suponer son de origen asiático, está compuesta por unos 50 platos cocinados todos por los dueños del lugar, que dicen que lo más demandado en este espacio es el Samgyupsal, una parrilla de carne de cerdo a la plancha aderezada con ajo y champiñones. Así como algo que llaman Korean Barbecues, que es carne a la parrilla sobre una hoja de lechuga y se acompaña con arroz blanco para luego hacer una especie de tabaco. En el Din Din se precian de ser el único local de su tipo en Venezuela, de atender a una comunidad de un poco más de 200 coreanos que existe en el país y de preservar al pie de la letra una cultura milenaria fuera de sus fronteras.