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Willy Mckey, el poeta que descifraba la realidad

Willy Mckey, el poeta que descifraba la realidad

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Willy Mckey, el poeta que descifraba la realidad

Perfiles

1 Mayo, 2013

CAMACHO,Álvaro

Las palabras de Deleuze y Guattari: “Un nombre propio es la aprehensión instantánea de una multiplicidad”, sentencian a Willy McKey como el resumen de la complejidad de un escritor para el cual “un nombre es un antojo, un capricho”, que se divierte haciéndole creer a la cédula que se equivoca aunque el documento esté para recordarle que nació en Caracas y ya son casi 33 años de vida. De niño soñaba con ser Pedro Infante, pero un abuelo periodista, un tío piloto y la Biblioteca Salvar aportaron los libros y comics que causarían su interés en la escritura. Estudió Teología, Educación Especial y museología, pero su constante fue la licenciatura en Letras de la UCV, donde actualmente es tesista de la Maestría de Estudios Literarios.

Ha cambiando desde Vocado de Orfandad, su primer poemario ganador del premio Fundarte, pero persiste su visión del lenguaje como un objeto de trabajo que lo invita a experimentar a “ver qué pasa con una palabra, una frase o una imagen si la doblas hasta el punto de que ella sea capaz de oírse a sí misma como otra cosa, desconocida para ella misma”. Desde el 2010 escribe en www.ProDaVinci.com, un espacio para la crítica cultural que le permite “ver la palabra trabajando en los territorios fértiles de la gente, transformándose en conversaciones cotidianas”. La revista El Salmón, creada junto a Santiago Acosta, nació de su necesidad de transformar la forma de leer nuestra tradición poética compartiendo los autores que les obsesionan y descubriendo nuevos junto a los lectores. Este “agitador cultural” ha conceptualizado variedad de performances perpetuando la idea de que “alguien puede recordarlo como una experiencia que lo incluye y no como un espectáculo” en Paisajeno, un testimonio de la llegada a los 30 años que suma biografías para crear el paisaje temporal que comparte directamente con el lector que lo adquiere para transformarse en un instante compartido.

Sus días se resumen en salir a la calle, el insomnio, la música de Charly García, Lavoe y Janis Joplin, la obra de Cesar Vallejo y David Foster Wallace, rodearse de quienes admira como Ulises Hadjis, José Ignacio Benítez, Natasha Tiniacos y Victoria Di Stéfano, la espera antes de “ponerme a bailar con el primer teclado que me deje percutarlo”. Su meta es restaurar dos libro perdidos en un accidente con un disco duro externo, convencido de que son necesarios millones de lectores atentos porque: “¿Para qué escritores en tiempos de penuria sin lectores que le acaricien la vocación?”. M.A.