Compras de segunda mano con Miss Monroe

En Maracaibo el sol es inclemente, pero eso no parece afectar a los vendedores que desde la madrugada han convertido a Cotorrera (Av. 2, El Milagro) de club deportivo al “Mercado de los Corotos”, como es tradición cada domingo –y, recientemente, los sábados– desde hace dieciocho años. Este es el lugar para comprobar que la basura de unos es el tesoro de otros.

Por María Añez. Fotografías: José Chirinos y Juan de los Mares

El concepto de espacio personal se pierde aglomerados frente al portón azul. Desde la entrada se aprecia un desorden pintoresco donde se entremezcla la estridencia del reggaetón marchito de turno con los gritos de los vendedores, y el rumor de la gente que desde antes de las siete de la mañana pulula por los pasillos sorteando entre toda clase de objetos.

Lo primero que hay que entender es que en los puestos del Mercado de los Corotos es donde la memoria familiar va a morir. Un mismo vendedor te puede ofrecer un cd de Yordano, el juguete que nunca te salió en la Cajita Feliz, Titanic en VHS, las reliquias decorativas de la casa de la abuela y lo que dejó en su clóset al partir; si te de las vuelta te consigues también con películas “quemadas” y mercancía de segunda mano, y si cruzas terminas en una feria de comida donde tequeños y bollitos pelones impregnan con su aroma el ambiente que ya parece estar en el punto de ebullición. En medio de ese caos, ¿es posible encontrar algo digno de incluir en tu guardarropa?

Si te das una vuelta por www.missmonroee.com, blog de Rosshanna Bracho verás su filosofía de que el estilo y la moda no van de la mano de una abultada cuenta bancaria o de una marca, y qué mejor ejemplo que sus hallazgos en este mismo mercado. El reto que le ha propuesto Tendencia Soho es replicar ese éxito, armada con 250 bolívares en efectivo una cantidad irrisoria si se piensa que la inflación en lo que va de año alcanza un 39,6%.

Ella descubrió este lugar como otros, en algún momento también realizó una limpieza profunda en su casa y todo aquello cuya utilidad o filiación emocional había caducado terminó aquí, pero la conquistó la idea de adquirir piezas únicas alejadas del look monotemático de las cadenas de fast fashion– y la experiencia: “Es como una aventura, nunca sabes que vas a conseguir y hay que tener claro que la búsqueda puede ser tormentosa o muy divertida”.

Esperando ser sorprendida comienza su recorrido por la cancha. Aquí cada quien ha improvisado su vitrina sobre manteles y sábanas; los más ambiciosos tienen un colgador y hasta un toldo, los más creativos improvisaron el suyo en la reja o con una cuerda de esquina a esquina. Da una primera vuelta para ir identificando lugares de interés y regresa sobre sus pasos para observar con detalle.

“Aquí no vale la pena buscar marcas, aparte que no es algo que me mueve de la moda”. Al comprar lo que hay que observar son las condiciones, cualquier cosa manchada, rota o afectada por el paso del tiempo es mejor dejarla ir. Por cuestiones de espacio (e higiene) no existen los probadores, llevarse algo sin probárselo puede ser un riesgo, hay quienes compran sin ver y quienes se prueban la ropa encima. Rosshanna opta por lo más simple: no ve la talla, prefiere jugar con las proporciones y de ser necesario (y rentable) “costumizar” en casa.

Da con el primer hallazgo: un vestido verde, aún con la etiqueta, sólo por 80 bolívares. El precio es alto pero adecuado: “Yo aquí no pago por una prenda por 200 bolívares; es ropa usada incluso si está en buen estado, no es justo pagar mucho por ella”, comenta.

El tiempo apremia, las mejores ventas se hacen al abrir las puertas a las siete de la mañana. Cuando regresa a uno de los primeros puestos ya las sandalias que había visto, nuevas y aún en su caja, habían desaparecido. Lección aprendida, hay que aprovechar las oportunidades. Se reinicia la búsqueda y un par de puestos más adelante consigue una gladiadoras por sólo 30 bolívares.

El calor juega con la paciencia pero Rosshanna se ha determinado a conseguir  una cartera, es una de las cosas que ama comprar: “Tengo unas seis de aquí y creo que tres pertenecen a mis básicos”. La táctica fue directa, preguntar de puesto en puesto hasta terminar bajo una sábana colgada entre dos plantas que cubría una venta de adornos de cerámica donde la sorprendieron con una maleta llena de carteras en medio del pasillo de arena, allí se sumergió hasta dar con la elegida.

Rosshanna inició la negociación casi estoica, porque aquí siempre hay rebajas si se sabe cómo pedirlas y sin demostrar emoción. El precio de la cartera pasó de 150 a 120 bolívares es un par de minutos y el resultado final fue: un look completo, 20 bolívares para comprar un papelón con limón a la salida y la certeza de que “es interesante comprar en un lugar tan desastroso y un tanto feo, para luego lucir increíble y decir ‘solo me costó 30 bolívares’. Es una bofetada para quienes piensan que el estilo y la moda van de la mano de grandes sumar de dinero y, más aún, de “etiquetas”. Sin duda una invitación a comprobarlo por cuenta propia.