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Ernesto Montiel, mucha buena música

Ernesto Montiel, mucha buena música

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Ernesto Montiel, mucha buena música

Perfiles

1 diciembre, 2010

DONDYK+RIGA

Historia de un melómano. La adultez ni la distancia de vivir en Caracas, le impiden a Ernesto Montiel recordar que de pequeño disfrutaba, en los viajes por carretera, de las canciones de Aretha Franklin y Carole King que escuchaban sus padres. A los once años era fanático de Kiss. A los trece descubrió al punk rock y a sus amigos new wave y heavy metal. Fue a esa misma edad que decidió reunir un tocadiscos y varios tapes de cassetes, y así formar con su primo y tres amigos una miniteca a la que llamó Music Madness, y que por dos años ganó popularidad en las fiestas de la ciudad. Sus estudios de Arquitectura jamás pudieron competir con su amor por la música, así que en su adolescencia se codeó con bandas nacionales y así colaboró en traer por primera vez a Sentimiento Muerto para un concierto en November Club. A sus veintitrés años y una biblioteca musical en su memoria, fue contactado en 1991 por el dueño de un local que quedaba en la calle 73 con la avenida Bella Vista: Bulldog para colocar música todos los miércoles: “Yo era el dj, el que promocionaba las fiestas, las organizaba y hasta diseñaba los afiches. En ése local colocaba música de Charly García, INXS y The Beatles, tratando de alternar canciones conocidas con otras que no sonaban en ningún otro sitio. Para mi no era solamente hacer la fiesta, era una labor cultural porque en Maracaibo no pasaba nada. En esa época aún no había un canal como MTV para conocer otro tipo de música a la que pasaban en la radio. Sentía que era mi responsabilidad hacer ese trabajo”. Con el pasar de los años las fiestas pasaron a ser los jueves, razón por la que algunos lo consideran culpable de que la ciudad comience sus fines de semana con anterioridad. Las “fiestas alternativas de Ernesto Montiel” se disfrutaron hasta 1997 en El Faraón, Choque, Spago, Splash y La Posada del Caimán. Fue tal su éxito que ellas son recuerdo preciado de nostálgicos jóvenes de aquella época: “Al principio yo colocaba la música pero después comencé a hacer playlists de seis horas con instrucciones específicas de cómo manejarla para que quedaran a cargo de Mario Fuenmayor, quien fue la única persona que estuvo conmigo todos esos años. Las fiestas duraban entre seis y siete meses en los locales, me preocupaba que los locales fueran buenos, que el precio de la entrada fuera justo y que las personas recibieran por lo menos dos tragos. Jamás hice esto por el dinero o por negocio, todo fue por la música y porque la ciudad participara de ella”. A.B

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