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Vanessa Yeropunow, heredera de una musa

Vanessa Yeropunow, heredera de una musa

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Vanessa Yeropunow, heredera de una musa

Perfiles

1 octubre, 2008

DONDYK+RIGA

Hace cuarenta años la esbelta figura de Grazyna Yeropunov robaba  la admiración y los suspiros de sus alumnas con sus movimientos sutiles y fluidos. Hoy, el mismo apellido continúa un legado que ha consagrado a la Escuela de Ballet Clásico en Maracaibo pero bajo la figura de su heredera: Vanessa Yeropunov. De su infancia recuerda con cariño cómo ella y su hermana vivían observando e imitando el talento de su ídolo y fundadora de la academia: “Desde que estaba en la barriga de mi mamá ya estábamos en el salón de clase de ballet. Toda la vida hemos crecido en este ambiente con ella como profesora”. La educación y la técnica que le aportaron las maestras Irene Levandosky y Sonja Koster a su madre, una inmigrante polaca que arribó de niña a Venezuela en plena Segunda Guerra Mundial, es el tesoro que ahora comparte Vanessa con sus alumnas desde la dirección de la escuela. Ante la inevitable pregunta de si prefiere enseñar a bailar frente a una audiencia sus ojos brillan: “Es delicioso bailar en un escenario, pese al pequeño susto que sientes siempre antes de salir, ya que cuando empiezas a bailar el temor desaparece y sabes que te vas a comer al mundo. Pero cuando eres docente y formas futuras bailarinas la emoción es triple. Tras bastidores veo a cada una de las niñas reflejadas en mí y siento la misma mariposa en el estómago, pero con una emoción aun mayor”. El camino de Vanessa hacia el ballet se formalizó con su ingreso a la Casa del Artista para la licenciatura en Bellas Artes, tras audicionar y ganar un puesto entre miles de personas de todo el país. Su título y su simpatía por la publicidad no pudieron superar su pasión por este arte tan exigente, por lo que en 1998 pasó de subdirectora a tomar las riendas de la escuela, con la fe y el apoyo de su mamá en la administración: “Al principio estaba asustada por el reto de dirigir una escuela con gran cantidad de alumnado y que además era el legado de mi mamá. La gente tenía muchas expectativas de si podía mantener la calidad, pero puedo decir que he cumplido”. El orgullo de Vanessa son sus alumnas, quienes han trascendido fronteras y se han convertido en profesionales: “Cuando mis niñas me dicen que siempre seré su profesora, así tengan mil maestros en el exterior, compruebo que este tipo de cariño nunca se pierde. Esto es lo que me ha regalado el ballet y lo que al final me llena”. A.B.