Jesús Soto: Maestro inmortal

En 1922 Prevsnevy y Gabo dieron a luz el movi-miento cinetista, con la publicación del Manifiesto Realista, en torno a la dinamización de la obra más allá de lo estático. Un año más tarde nace Jesús Soto.

Por Elizabeth Rincón / Fotografía: Dondyk+Riga

 

Ciudad Bolívar le brindó cuna y fue testigo de su primera infancia. Pero los sueños artísticos de Jesús Soto, muchacho con cara de venezolano, alma de venezolano y obra universal, lo llevaron por la carretera de la costa hasta la ciudad de Caracas, cargado de bocetos. Una vez allí, inscrito en las aulas de la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas, supo desarrollar una técnica y un reconocimiento que le valieron, en 1947, el nombramiento como director de la Escuela de Artes Plásticas “Julio Árraga”, en la siempre soleada ciudad de Maracaibo. Y Jesús se enamoró.

 

Jesús Soto mantuvo un romance eterno con esta tierra que, aún desde la distancia, cobró vida en cada nuevo encuentro celebrado con una visita. Sus obras denotaban la influencia de Cézanne y jugaban con la geometrización de las formas tomadas del paisaje.

 

En 1950 se enrumba hacia París y desde el día de su llegada no fue nunca más un extranjero, sino un residente. Es la década preciada del cinetismo y la ciudad luz es su cuna. Luz, movimiento, color y sombras son las extremidades del cinetista, con las que adorna los espacios y los anima, cobrando un movimiento tan subjetivo como el ángulo del cual se aprecie. Y entre sus mayores exponentes, entonces y aún hoy, tres venezolanos: Cruz-Diez, Otero y Soto, el enamorado de Maracaibo.

A finales de los cincuenta Soto había adquirido un sentido más minimalista de su obra, llegando a la abstracción geométrica, purificándola y coloreándola en tonos primarios, opuestos a blancos y negros. A esta época pertenece la serie Esculturas, un conjunto de varillas colgantes de hilos de nylon frente a un fondo entramado. “Mi intención no es otra que lograr que el espectador, particularmente desde el interior, descubra el fenómeno cinético en toda su fuerza”. Esta frase, expresada por Soto, es la mejor presentación a su siguiente período creativo: el penetrable. Es éste su mayor aporte al cinetismo, como experiencia viva que incorpora sensaciones táctiles, visuales y auditivas, mientras el individuo se desliza por las entrañas de la obra, haciéndose parte de ella.

 

A partir de los setenta empiezan para el artista los tiempos de gloria: los murales del edificio de la Unesco y un volumen virtual expuesto en el Centro Pompidou, ambos en París. También la construcción del Museo de Arte Moderno “Jesús Soto” (1973), en Ciudad Bolívar, que dotaron al paisaje artístico mundial un cierto sabor a Soto.

 

Como serenata de amor a Maracaibo, Soto regala al Centro de Arte “Lía Bermúdez” un inmenso penetrable, que invita a perderse dentro de su bosque, para ser reencontrado por el artista que nos incluye en su obra, la cual alcanza un movimiento tal, que se reinventa con cada nuevo elemento añadido a su historia, al atravesarla. He allí la atemporalidad de las grandes mentes. Hoy Jesús Soto yace en linderos parisinos, para comenzar, después de 81 años de preparación mundana, el ascenso a la inmortalidad.