Damas de antaño

El vestuario le permitió a la mujer expresar su exquisita, seductora y respetable personalidad.

Por: Leisie Montiel

Si para la mujer de nuestros días la moda es un código de identificación social dentro de la compleja gama de posiciones que ha conquistado en la vida pública, para la mujer del siglo XIX la moda era una vía de escape al triste rol doméstico al que se la confinaba, haciendo de su casa un claustro donde debía permanecer bajo la potestad del padre o del marido.

Instruída y vigilada por una razón masculina que decidía sobre las funciones “propias de su sexo”, la mujer del período decimonónico debía saber aprovechar los escasos espacios de socialización para conquistar, con el esmero puesto en su indumentaria, la atención de algún joven que pudiera ofrecerle un ventajoso status social. Para ello, la fémina se entretenía en la elección de las telas que estaban llevándose, así como en la de los accesorios que debían aportar un toque de distinción al conjunto, sin olvidar los infaltables sombreros, pañuelos, sombrillas, perfumes y abanicos que facilitarían la comunicación implícita con el sexo opuesto.

Bajo el control y supervisión de las madres, nanas y maestras (las administradoras de las prescripciones masculinas), las jóvenes casaderas se hacían de toda una panoplia femenil para burlar, por momentos, dicha inspección y poder intercambiar, con los caballeros de su interés, algún guiño o gesto de coqueteo. Al disponer del recurso del arreglo personal para lucir en la misa, el baile o el paseo acostumbrado en la compañía de chaperonas, las muchachas se afanaban en exhibirse sin comprometer su “virtud”. Como los escotes eran un escándalo no permitido en sus vestimentas, ellas se las ingeniaban para destacar sus encantos aún cuando estuviesen muy vestidas. Así, por ejemplo, ceñir mucho su cintura, agrandar con volutas y encajes sus caderas o revelar, apenas, la prominencia de su pecho, se convertían en ardides más efectivos que “mostrar” zonas desnudas.

Si las féminas llegaban a uncurrir en exageraciones en el “ceñir” o el “descubrir” de sus dotes corporales, pasaban a ser vistas como femme fatales, siendo, entonces, totalmente contraria al arquetipo positivo de las “santas” o “vírgenes”.

Tal como lo imponía la visión falocéntrica de la cultura occidental, a propósito de las funciones femeninas, la modestia, la sencillez, la docilidad y la abnegación debían ser las únicas virtudes que debían reconocerse a la mujer, la cual se preparaba, fundamentalmente, para el matrimonio. Cuando no satisfacía aquellas expectativas, fuera del dominio del padre o de otra figura masculina cercana a ella, su condición se venía a menos y si no optaba por dedicarse a la vida religiosa, supeditada a la autoridad, la mujer, automáticamente, quedaba expulsada de la sociedad regida por las “buenas costumbres”. De este modo, como lo afirma De Mello e Souza, había que “conciliar el arte de seducir con las reglas de la etiqueta”.

 

Fuentes.

-Cartay, Rafael. “Un gesto mínimo podía sellar un destino”. Revista Biggot.

Número 27.

-De Mello e Souza, Gilda. “Moda y cultura femenina en el siglo XIX”. Escrituras,XVI.

-Pino Iturrieta, Elías. “Discursos y pareceres sobre la mujer en el siglo XIX venezolano”. Revista Biggot.